Miradas

Los poetas de la Navidad

Un entrañable recuerdo y una expresión de deseos, y también un pequeño llamado a la conciencia de todos

Martes 22 de Diciembre de 2020

Llegan las fiestas y, según dicen, es tiempo de balances. El rito de la Nochebuena y Navidad une a las familias y amigos en torno de la mesa, con lo que se pueda poner sobre ella, y como cierre de la velada las copas chocarán mientras los deseos de felicidad se cruzan en el aire. Este año, sin embargo, no resultará sencilla la alegría. La maldita pandemia extiende todavía su mancha sobre el mundo y hay que seguir cuidándose, aunque cueste cada día más. Quien esto firma perdió gente querida por culpa del Covid y sabe bien que con el virus no se juega. Entonces, en esas noches tan especiales, no arriemos las banderas de la fraternidad, pero mantengamos viva a la prudencia. Hagámoslo por todos, aunque sobre todo por nuestros queridos viejos, que son quienes más riesgo corren.

En mi memoria viven todavía las navidades de otra época. La infancia de pies descalzos en el patio de mi casa de Arroyito, y mi madre que una vez llegó con un pino pequeño que terminaba cubierto de adornos tan bellos como frágiles, que se rompían en mil esquirlas luminosas cuando mis manos de chico los dejaban caer.

También acuden a la memoria las largas charlas de sobremesa en el living de los Machado-Barroso, en la legendaria casa de calle Córdoba, punto de encuentro de una nutrida y fervorosa barra. Allí, los ya desaparecidos Carlos y Clelia se reunían con mis padres y a esa tertulia regada por numerosas botellas se sumaban los jóvenes: sonaba el tango, la polémica nunca cesaba, de pronto amanecía y todo solía terminar en busca de algún solitario bar abierto en Navidad donde tomar, después de tanto alcohol, un reparador café con leche.

Otra insustituible estampa del pasado son las entrañables tarjetas que imprimía para estas fechas el recordado Rubén Naranjo. El hombre que en los años setenta había sido uno de los pilares de ese emprendimiento inolvidable que fue la Vigil tenía oficio de editor y año tras año lo plasmaba en sus envíos navideños, presididos por la poesía. César Vallejo, Paul Eluard o Raúl González Tuñón integraban la lista de los elegidos: Rubén optaba siempre por aquellos creadores que, además de la hondura y la belleza, tenían presente la eterna lucha del hombre por la justicia social. Y así, cada uno de los poetas elegidos era, al mismo tiempo, un revolucionario. Me acuerdo especialmente del magnífico texto de Tuñón, que además de escribir versos destinados a perdurar en toda la extensión del futuro fue un sempiterno habitante de las redacciones periodísticas. Aquí va:

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Prohibido celebrar el 1º de Mayo

En la profunda soledad de las fábricas grises

En la oscura herramienta silenciosa

En los quietos arados pensativos

En las minas que guardan el secreto del tiempo

En los puertos que esperan con las naves calladas

En los hangares pálidos y el petróleo cautivo

En el olor a bosque derramado de los aserraderos musicales

En la estación que invaden las libres mariposas

En el bostezo de las frías oficinas

En el libro cerrado sobre la mesa familiar

En la lámpara sola que alumbró la vigilia

En los niños que sueñan con las islas distantes

En el canto que cantan los arrieros y el grillo

En la lluvia que hace nacer las azucenas

En el aire en el fuego en el agua en la tierra

Nosotros nos hacemos presentes con el día

Nosotros los proscriptos miramos allá lejos

Donde la primavera perdida está esperando

Queridos Clelia, Carlos, Rubén y Raúl, donde sea que estén ahora quiero que sepan que en las noches de encuentro que se avecinan brindaré por ustedes, por todo lo que dieron y el ejemplo que dejaron. Porque, así como la muerte es irrefutable, también lo es el amor, en el que no hemos dejado de creer nunca. Una vez más diremos: “Feliz Navidad”. La misma frase que hago extensible a ustedes, queridos lectores, que están del otro lado y sostienen estas palabras.

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