Entrevista

"La legalización del aborto expresa una institucionalización del feminismo"

Bio: Natalí Incaminato, nacida en Río Negro y conocida en Twitter como @LaInca_ es profesora y Doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. También es columnista radial de cultura y literatura en Futurock y Radio Nacional Rock. Se especializa en filosofía francesa y crítica literaria.

Lunes 11 de Enero de 2021

Con el lugar creciente de las redes sociales en el espacio público, escala el tráfico de fake news y mensajes de odio pero también se democratiza la palabra y aparecen nuevas voces que oxigenan el ecosistema comunicacional. Una de ellas es Natalí Incaminato, quien desde su cuenta de Twitter (@LaInca_) se despacha con acidez sobre los más variados temas de la realidad social y política.

Entrevistada por La Capital , Incaminato —doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata y docente de esa casa de estudios— analizó las marcas que ya dejó la pandemia, los debates del Frente de Todos, el avance de las derechas y qué dejó como salgo la legalización del aborto.

—Empecemos por la pandemia. Más allá de que empezó la vacunación y se empieza a ver un horizonte, ¿qué marcas creés ya dejó el Covid-19 en la sociedad, la política, la cultura?

—Se ha planteado una discusión más filosófico-política sobre cuáles son los límites de nuestras sociedades y los dilemas sobre la libertad individual. Es una discusión interesante: la gestión más exitosa de la pandemia fue en países con un firme control gubernamental, y donde la disciplina de los ciudadanos está más aceitada. En las sociedades liberales de Occidente eso no pudo realizarse. Otra cuestión, que ya conocíamos, es la virulencia de las fake news. Lo novedoso es que empieza a funcionar con cuestiones tan sensibles como la salud, la vida y la muerte de las personas.

—Desde el comienzo de la pandemia se posicionaron distintos intelectuales, como Giorgio Agamben, Slavoj Zizek y Byung-Chul Han. Estudiaste mucho a Foucault, ¿qué creés que hubiera planteado en este contexto?

—Claramente hubiese planteado algo en torno a la cuestión de la vigilancia. De hecho, en Vigilar y castigar habla de las pandemias. Sí hubiese estado muy atento a determinadas formas de ejercer el control de la población; pienso en lo que pasó en la Argentina con la criminalización de los pobres, especialmente los jóvenes. Foucault también puede aportarnos muchísimo a pensar los nuevos modos de vigilancia y sujeción de los trabajadores, como el teletrabajo.

—En estos días se debate mucho sobre los jóvenes. ¿A la política le cuesta encontrar un mensaje para este sector, que no caiga ni en la estigmatización ni en la resignación?

—Hay una dificultad para pensarse en relación con el otro, hay algo de destartalamiento comunitario. Esto tiene que ver también con las familias. Es cierto que hubo problemas de comunicación, pero es muy difícil pedirle a los gobiernos que modifiquen toda una cultura, un modo de vincularse con los demás. Esto también se relaciona con quienes son los más afectados: si fueran los niños o los adultos de 40 o 50 años habría otra gestión. El descuido tiene que ver con el lugar descuidado que tienen los viejos en nuestras sociedades.

—Te consulto sobre el gobierno de Alberto Fernández. No tanto un balance, sino si te sorprendió algo, para bien o para mal.

—Justo en estos días leí una entrevista a María Esperanza Casullo en La Capital en la que planteó que se está dibujando un estilo albertista en la gestión. No me sorprendió tanto porque se veía venir, pero si observo un aprendizaje de la experiencia pasada: no se pone todo el tiempo a la sociedad los problemas. Sí me sorprendió lo del aborto: Alberto cumplió con la palabra empeñada y le dio un elemento esperanzador a muchos de sus votantes en el cierre de un año horrible. Por otro lado, hay ciertas peleas o conflictos que creo que en algún momento se van a desatar, pero estuvieron aplacadas por la pandemia. Cuando la economía se estabilice aparecerán diferencias que dividen entre izquierda y derecha, como el tema de la seguridad.

—A pesar de la incertidumbre que provoca la pandemia, ¿Al gobierno no le está faltando un relato, en el buen sentido de la palabra, que marque un horizonte?

—Sí, pero en un punto es a propósito. Al principio el macrismo tenía un relato lábil, el de los técnicos. Cuando se habla de gobierno de científicos se intenta darle preeminencia a determinados saberes o disciplinas que no tienen que ver con un relato político. Se habla de reconstrucción y crecimiento económico, que son núcleos que no se quieren politizar demasiado, en el sentido de no anclarlos en una tradición política determinada. Muchos peronistas se enojan con eso y hablan de socialdemocracia. Cuando se estabilicen ciertas cosas habrá un poco más de relato porque los actores van a empezar a plantear qué tipo de país queremos, y por lo tanto con qué tradiciones vamos a alimentar y anclar esa dimensión más utópica. Es difícil pedir un relato superador y más amplio cuando se está en el medio de la crisis.

—Cristina es una figura central de la escena pública argentina. Me interesa tu análisis de ella como objeto del discurso de propios y ajenos.

—Cuando gobernaba, claramente había dos grandes tradiciones. Por un lado, la clásica del antiperonismo, que es pensar al dirigente peronista como autoritario, déspota, poco dialógico. En este caso se agrega una dimensión de género que tiene que ver con la femme fatale, la mujer terrible, vampiresca, que destruye instituciones. Es una figura de excepción para todos, también para los propios. Por otro lado, hay una oposición que es muy concreta y que tiene que ver con lo que representa y las fuerzas que la apoyan, una resistencia a que el peronismo sea una fuerza de centroizquierda y que no se limite a gestionar.

—El gobierno es progresista pero si uno ve las pantallas de televisión y las redes la derecha tiene una presencia fuerte. ¿Cómo analizás el clima cultural del momento?

  —En un momento desde la oposición pero también desde el peronismo se pensó que si Cristina bajaba un cambio, o si desde el Estado no se proponían determinadas luchas ideológicas se despolitizaría la sociedad. Aunque fue un acierto aplacar ciertas discusiones y fortalecer sectores civiles, también se demostró que hay un montón de agentes que no necesariamente gobiernan pero que generan grandes núcleos ideológicos en disputa, que pueden ser, como se demuestra en Estados Unidos, potencialmente peligrosos para la democracia pensada en términos de representación e instituciones. En el último tramo del gobierno de Macri había cierta arenga a los sectores más irreflexivos de su fuerza y actualmente Patricia Bullrich se está sentando con figuras políticas que alimentan eso. Aunque en todos los partidos hay versiones un poco más reactivas de la ideología, esto está sucediendo especialmente en la derecha. Las visiones más duras y menos dialoguistas no están viniendo desde el gobierno, sino desde otros lugares.

  —¿Por qué ese tipo de discursos de derecha resultan atractivos para un sector de la juventud? ¿La izquierda y el peronismo perdieron parte de ese componente más rebelde?

  —En términos numéricos, los jóvenes son eminentemente progresistas y votantes de otro tipo de expresiones. Para una parte de la población son discursos seductores porque han logrado generar el relato de que ellos son los perseguidos, los que dicen cosas que no se pueden decir. También se alimentan de frustraciones propias de la adolescencia. Es interesante, porque así como el feminismo ha servido para una reafirmación identitaria de muchas jóvenes —y también muchos jóvenes de la disidencia sexual— en este otro polo también se forma un nosotros. Tienen sus códigos, sus memes, sus chistes.

  —Hablando del rol de la sociedad civil y del feminismo, ¿qué te dejó el debate por la legalización del aborto?

  —En principio, se expresó una institucionalización del feminismo. Hay mucha discusión entre los feminismos: algunos los consideran una negociación en la que se pierde mucho. Yo tengo una visión más optimista, hay que ver siempre los resultados. Para crear feminismo del 99 por ciento y que para tantas reivindicaciones del feminismo se realicen necesitamos instituciones y figuras políticas que se preocupen por esto. Por otro lado, se consolidó una gran cantidad de dirigentes jóvenes con discursos muy elaborados, con datos, que contrastó con discursos muy caseteros. Muchas veces se dice que lo único que va a reconciliar a la política con la gente es el crecimiento económico pero no es así, este tipo de discusiones también acercan a la población con la política representativa.

  —¿Qué esperás del 2021?

  —No sé si será bueno, pero creo que será un año de alivio. Además, será interesante: hay muchos temas para hablar, como el ambientalismo y el propio feminismo.

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