La globalización manda. Es decir, mandan los que imponen cómo se globaliza. La globalización
viene del norte y es autoritaria. No permite el disenso: se instala sin pedir permiso. Y prepotente
como es, enemiga de todos los particularismos y localismos que se opongan al poder, hasta intenta
borrar letras y acentos del castellano.
La incorporación de la “ñ” y los acentos graves y agudos a los dominios de
internet fue una buena noticia. Como dijo el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor
García de la Concha, “puede parecer poca cosa”. Pero no lo es.
Cuando el rodillo de la uniformidad pasa sobre el planeta, lo que corresponde es defender con
uñas y dientes la identidad. La “ñ” es nuestra. Sin embargo, cuando los fanáticos
argentinos del tenis veían por televisión un partido de su compatriota Guillermo Cañas transmitido
por una cadena estadounidense, se encontraban con una sorpresa: el buen Cañas se transformaba, sin
advertencia previa, en otro jugador, un tal “Canas”. Palabra esta de funestas
asociaciones, tanto en su versión literal como lunfarda, para cualquier connacional lúcido.
El diccionario de la RAE define así a la “ñ”: “Decimoséptima letra del
abecedario español, que representa un fonema consonántico de articulación natal y palatal”.
El Diccionario Panhispánico de Dudas cuenta la historia de su surgimiento: “Esta letra nació
de la necesidad de representar un nuevo sonido, inexistente en latín. Determinados grupos
consonánticos latinos como
gn,
nn o
ni evolucionaron en las lenguas romances hacia un sonido nasal palatal. En cada una de
estas lenguas se fue fijando una grafía distinta para representar este sonido:
gn en italiano y francés,
ny en catalán,
nh en portugués. El castellano medieval escogió el dígrafo
nn, que se solía representar abreviadamente mediante una sola n con una rayita más o menos
ondulada encima; así surgió la “ñ”, adoptada también por el gallego. Esa rayita
ondulada se llama tilde, nombre dado también al acento gráfico”.
Una lengua es mucho más que un medio de comunicación entre las personas: es un recorte de la
realidad, una recreación del mundo. Cuando una lengua se pierde, desaparece para siempre un
fragmento insustituible de la belleza y el conocimiento humanos.
La globalización avanza y uniforma, aplana e iguala hacia abajo, es decir, para los de
arriba. El lingüista David Crystal advierte sobre los graves peligros que acechan detrás del auge
imparable del inglés, convertido en virtual
lingua franca de nuestra época: “Dentro de quinientos años, ¿acaso sucederá que todo
el mundo aprenda inglés desde su nacimiento? Si esto es parte de una enriquecedora experiencia
multilingüe para nuestros hijos en el futuro, bienvenida sea. Pero si para entonces es el único
lenguaje que queda para ser aprendido, habrá sido el mayor desastre intelectual que haya conocido
nunca nuestro planeta”.
No se trata de anglofobia: en esa lengua maravillosa que es el inglés escribieron
Shakespeare, Byron, Shelley, T. S. Eliot, Dylan Thomas, Joyce, Hemingway, Faulkner, Cummings,
Carver y Bob Dylan. ¿Quién sabe cuántos creadores de talento similar se pierden cada vez que una
lengua muere?
La eñe es nuestra. Defendamos el español. Defendámosla.



























