El domingo pasado salió un artículo en este diario de una doctora en psicología, aludiendo al tema de la justicia por mano propia. Está muy bien lo que dice sobre falencias y esclarecimiento de ciertos actos masivos de la ciudadanía, a pesar de que la veo muy cómoda en la foto y no le veo estampa de transitar la calle en forma frecuente y en diversos horarios. Por mi parte, veo que este tipo de hechos se está dando en situaciones donde el Estado no escucha y está en otra cosa. Si una persona que delinque, sale y vuelve a delinquir hasta que lesiona o mata, ello es porque las instituciones no dan respuestas a las necesidades de la gente. Alrededor mío no hay una sola persona a la que no hayan robado y/o agredido, provocando en muchos casos un daño grave e irreparable, especialmente a los más vulnerables (ancianos, mujeres embarazadas, chicos), daños que quien los lleva a cabo carece de total comprensión del perjuicio que causa. Por ejemplo, en una persona de edad avanzada una quebradura le cuesta, en forma inmediata o mediata, un perjuicio irreparable, sin retorno. No les interesa en absoluto sus semejantes sino lo que tienen o el mal que les pueden hacer. En cierta manera es una forma de desprecio hacia la vida del otro y por desprendimento hacia sí mismo; total todo es joda, no pasa nada. Desgraciadamente, el ver hechos diarios de sangre se hizo cosa muy frecuente, nos acostumbramos a ellos hasta ciertos límites de tolerancia porque resistimos los embates hasta ciertos puntos. Ya no se tolera el discurso tranquilizante, aquel que dura tres días, el que ofrece soluciones engañosas que se disipan rápidamente. Llega un momento en que el Estado, al no acudir y estar desligado del tema, en una forma de hipocresía, provoca estos hechos; la gente en algún momento se cansa y empieza a defenderse como puede, siente impotencia ante los mismos. Las instituciones omiten los requerimientos de las personas o actúan en forma severa con los más indefensos (como lo veo en el fútbol, cuando se reprime al que hace bien las cosas), los ciudadanos se vuelven irritables, es una forma de defensa humana, de unión común, de solidaridad ante injusticias reiteradas y cotidianas de las que también ellos son sus víctimas. El común de la gente empieza a actuar de otra manera, una forma de democracia en que las cosas se acomodan por sí solas, porque para el común no queda otra. El momento que transitamos es muy difícil, y si se llega a este grado de situaciones es porque, como se expresa vulgarmente, “las cosas van cayendo por su propio peso”. Nos guste o no, será de este modo la evolución democrática que en estos tiempos de sutilezas políticas se nos brinda por estas latitudes.




































