La presidente ascendió a la más alta jerarquía a la que aspira sanamente todo hombre de armas, a una de sus edecanas. Ella, cuando ingresó al Ejército, aspiraba a llegar a lo más alto de la categoría de jefe, a teniente coronel, que era lo dispuesto para ese escalafón auxiliar profesional al que ingresó; pues bien, merced al antojadizo deseo de la primera mandataria, esa edecán, que ya era coronel, o sea oficial superior, y ahora se la promovió como generala. Sin menoscabar ni menospreciar las virtudes de esa edecán, que habrá realizado tareas importantes para la presidente, pero que no pudo haber cumplido funciones que demuestren competencia para el ascenso, me permito afirmar que la jerarquía militar no es un premio a la obediencia, ni siquiera a la eficiencia solamente, si no que se encuentra relacionada con el desempeño de roles, cargos en la estructura militar, en donde se demuestre idoneidad en el ejercicio del mando y comando, en la administración de material y personal, y en el probado conocimiento de técnicas, tácticas y estrategias que le corresponde para el desempeño del rol asignado y al inmediato superior. Si la edecán de referencia se ha hecho acreedora de merecimientos a juicio de la presidente, esta podría premiarla de mil maneras, pero no debería proponer su encumbramiento a generala, este grado no es ni puede ser considerado un regalo o un título honorífico; de esta manera se vulneraron los principios básicos para el otorgamiento de ascensos menoscabando la jerarquía, la disciplina, la justicia en el procedimiento de selección demostrando con ello un absoluto desprecio por las instituciones armadas de la Patria.




































