El 15 de julio volvimos a mi casa con mi hijo mayor, de practicar fútbol. Tomamos un taxi hasta nuestro domicilio. Al bajar, nos dimos cuenta que él se había olvidado un pequeño bolso. Al advertirlo, el taxi ya había partido, antes de que entremos a nuestro domicilio, por lo que no sabía dónde vivimos. Eran las 20.30 de una noche muy fría. La desazón fue grande; lo dimos por perdido. Una sorpresa mayor tuvimos al día siguiente; el bolso había sido dejado en el edificio, a las 23 del día anterior. Sucede que el taxista encontró el apellido de mi hijo grabado en el bolso, buscó en la guía de teléfonos y por deducción del viaje que había hecho dio con nuestro domicilio. En esta sociedad en la cual convivimos es significativo la preservación de valores encontrando un trabajador que sin ninguna necesidad y después de una larga jornada se haya molestado para devolver algo de escaso valor económico, pero de gran valor sentimental. El bolso tuvo un denominador común que unió al taxista con mi hijo: Newell's Old Boys. Sin haber podido contactarnos con él, le agradecemos su noble actitud. Realmente, para destacar.





































