A ningún artista o arquitecto se le ocurriría hacer "desaparecer" la mitad superior de la Torre Eiffel, o reemplazar por relojes digitales, los cuatro famosos relojes analógicos de siete metros de diámetro del Big Ben, montados en Londres en una de las torres del no menos famoso Palacio de Westminster, y puestos en marcha en 1859. Tampoco se les ocurriría "ocultar" la fuente que refleja la imagen del imponente Taj Mahal de la India, considerado una de las nueve maravillas de la actualidad. Nadie pensaría en pintar totalmente con los colores de Central y Newell's el Monumento a la Bandera o al del general Belgrano en el Parque de la Independencia; ni de verde y amarillo el Puente Colgante que sobre la laguna Setúbal, es el emblema entrañable de los santafesinos. Y las autoridades mendocinas no autorizarían a un pintor para que tiñera de rojo el Monumento al Ejército de los Andes emplazado en el Cerro de la Gloria. Son preservados de extrañas ideas artísticas, numerosas estatuas y monumentos históricos en el mundo tales como la madrileña Puerta de Alcalá, el Coliseo de Roma, la Estatua de la Libertad en Manhattan (Nueva York), la Acrópolis de Atenas, las Pirámides y la Gran Esfinge en Egipto, el Cristo de Corcovado en Río de Janeiro y la estatua de la Madre Patria en la colina de Volgogrado (sur de Rusia). Sin embargo en Buenos Aires se permitió que por unos días, el Obelisco que desde 1936 en el cruce de Corrientes y 9 de Julio es el ícono mayor de los porteños, fuera cercenado virtualmente en su sector superior. En efecto; el artista conceptual Leandro Erlich colocó un cubo de chapa de hierro (sin fondo) sobre el Obelisco, y como los lados del artefacto simulaban las paredes, visto desde abajo o a la distancia, el emblemático monumento aparecía como si hubiese perdido su clásica punta. El señor Erlich es un artista argentino reconocido internacionalmente por sus originales creaciones y sus efectos de ilusión óptica; pero aquí no hubo un ingenioso recurso de ilusión óptica; simplemente se trató del ocultamiento de la cúpula del Obelisco con un cerco metálico. El trabajo demandó tiempo, la participación de una grúa y el corte del tránsito para insertar el capuchón de tres toneladas; todo un operativo digno de mejor causa. Al margen del importante costo de esa construcción, incluyendo su montaje y desmontaje, pagado por la empresa Fate y por el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), creo que debiera emplearse la creatividad y el esfuerzo en la realización de estructuras arquitectónicas realmente útiles, y no en profanar, aunque sea por un breve tiempo, obras que son caras al sentimiento de los ciudadanos. Espero que, por ejemplo, los cordobeses no descubran de pronto que "desapareció" el puente que une los dos torreones de su Arco de entrada; y que los tucumanos no vean un día que en el cerro San Javier el Cristo Bendicente está todo pintado de negro; porque aunque sea por sólo unas horas, las alteraciones hechas en nombre del arte conceptual en cualquier expresión de la arquitectura urbana es, en mi opinión, una falta de respeto.




































