Una civilización munida de la mejor creación arquitectónica antigua y olvidada, quedando tapada y muchas veces reemplazada por la vorágine de la modernización, implementada tras estudios avanzados sobre nuevos métodos y diseños, dejando en evidencia los espacios que ayer fueron sede de majestuosidad y partícipes de un revolucionario auge en la construcción. Hoy vivimos entre rascacielos y grandes edificios que nos hacen ver qué tan cerca del cielo se puede estar con los pies sobre la tierra, demostrándonos y haciéndonos sentir lo pequeños que somos en relación a nuestro entorno. Hoy me sorprende divisar entre dos edificios gigantes una casona abandonada, de rejas delicadamente torneadas de color verde gastado, con pequeñas gárgolas pegaditas a las grandes fisuras de su techo. Un pequeño jardín con una fuente seca, llena de hojas y la escultura de una mujer sujetando un vació jarrón. Una fachada descascarada con grandes puertas y ventanas de picaportes oxidados cubiertos de telarañas dando lugar a la inevitable espera de una demolición y la construcción de un edificio más, dejando así la tendencia por modernizar y no restaurar para mantener el estilo que una vez nos caracterizó. No me resisto a la nueva era, al nuevo milenio pero tampoco me resisto a perder aquello que alguna vez me hizo pensar en mis antepasados.





























