No, no voy a referirme a una película rodada en Colonia del Sacramento, Uruguay. Papeles protagónicos: Luisina Brando y Marcello Mastroiani (1993). Esta vez quiero hacer hincapié en parte de algo de lo cual nadie habla, por lo menos públicamente. Salvo un grupo, excepción a la regla. Habré de referirme a tres grupos de madres solamente, por entender que la cuestión lo amerita. Y naturalmente procede la comparación. Madres de Plaza de Mayo, madres en el dolor, y madres de los comprometidos en el vergonzoso conflicto bélico de Malvinas. El primer grupo, luchando denodadamente tanto tiempo por conocer el destino de sus hijos desaparecidos bajo el siniestro período militar (1976/1983). Se comprende su dolor y tal vez su inútil espera. Bajo esa actividad se han beneficiado de manera monumental en un aporte económico que el gobierno les otorga no se sabe por qué y para qué. No se comprende. La siguiente agrupación: madres de jóvenes fallecidos trágicamente a manos de facinerosos resentidos sociales, drogadictos sin control a los que nada les importa empuñar un arma y disparar contra su presa así porque sí. Otros, víctimas de desaforados automovilistas, alcoholizados generalmente. Una Justicia con los ojos bien vendados que no le permite hacer honor a su nombre. De eso no se habla. Finalmente, las desconocidas, que permanecieron o permanecen en el anonimato literalmente olvidadas. Seguramente recordaron, recordarán y las que quedan seguirán derramando lágrimas en el más cruel de los anonimatos. Tampoco, injustamente ocupan la atención de nadie, absolutamente nadie. De eso tampoco se habla. Se me ocurre, estas mamás serán invisibles y las que ya no están, ¿lo fueron? Qué paradoja, Dios mío. En qué clase de sociedad estamos inmersos; claro, estas últimas no emitirán voto y en consecuencia para muchos serán material descartable. Para colmo de males, son ya adultos mayores y por lo tanto no recibirán ninguna asignación universal. Ripley, no te pierdas esto.





































