(Enviado) Lunes 24 de agosto, segundo tribunal de juicio oral, Santiago, hora
12.50. A la sala es ingresado Erik L., de 20 años. Lo detuvieron en la comuna de Renca a las 22.30
del día anterior. Llega acusado de robo y lesiones calificadas por arrebatar el celular a la pareja
de su hermano tras asestarle un culatazo que hizo necesaria una internación.
Lo que se está controlando, como primer paso del proceso judicial, es la
legalidad de la detención policial de Erik, ocurrida la noche antes. Una jueza de garantía, tras
escuchar al acusado, al fiscal y al defensor, le dicta al joven la prisión preventiva. Pero le
aclara al fiscal que tiene 30 días para terminar su investigación. Cumplido ese plazo todos deberán
reunirse de nuevo. Y entonces, según la prueba que a exhibirse allí, se decidirá. Si la evidencia
alcanza, se fijará el inicio de un juicio oral o abreviado. Como sin prueba no se puede acusar, si
no hay prueba se termina el proceso.
La audiencia, tras la cual empezó otra, duró 22 minutos. En ese lapso se
determinó que el arresto fue limpio y que en un mes se pondrá fecha al juicio o se cerrará el caso
tras una detención registrada 14 horas antes. Si hay elementos para que lo juzguen, Erik tendrá
sanción o será absuelto en muy poco tiempo, en un fallo que cerrará el caso. Si no se puede
demostrar tal cosa, se irá en libertad en cuatro semanas.
Esta es la primera parte del sistema de enjuiciamiento criminal que rige en
Santiago de Chile desde 2005 y que anticipa, en parte, el modo en que se juzgarán los delitos en
Santa Fe, cuando la reforma procesal rija en forma plena. Es la transformación de un paradigma
histórico, que tiene impacto en todo. Pero que todo se haga claro tiene pros y contras.
El impacto. El primer efecto es que los casos, es decir la suerte de las
personas, no se acumulan ni se pierden en el secreto, como pasa hoy en la provincia. Los
periodistas ya no encontrarán el odioso argumento del secreto del sumario con el que se rigen las
pesquisas santafesinas. La contracara es que, para averiguar lo que deseen, deberán o estar
presentes en las audiencias, donde la investigación no es cerrada sino de libre acceso a las partes
y al público.
El sistema obliga a trabajar en forma rápida, coordinada y pública. La
contrapartida es que desaparece el paisaje de toneladas de expedientes hundiendo estantes de
juzgados, lo que implica seres humanos sin su situación resuelta.
“He sido juez del sistema escrito y como todos tenía preocupaciones antes
del cambio. Pero hoy integro un sistema enormemente más justo. Mi mayor gratificación laboral es
irme a casa cada tarde con la sensación de estar al día”, comentó Alberto Amiot Rodríguez,
juez de garantía del nuevo sistema. Por esta razón, el 80 por ciento de los 50 mil presos en Chile
tienen condena. En Santa Fe es al revés: el 80 por ciento de presos en comisarías y penitenciarías
están con prisión preventiva, es decir, no declarados culpables.
Es palpable en las salas: la transparencia del proceso oral decreta el fin de
arraigadas rutinas de trabajo de policías, jueces, fiscales y abogados. Como la prueba en la
audiencia es perforada por los filosos ojos de las partes, la policía no podrá más dibujar hechos
que no existen o disimular los que sí ocurrieron, lo que termina con una tradición de arreglos tan
criolla como el mate, la misma que liquida el negocio de abogados sacapresos o de los que arreglan
accidentes de tránsito. Algunos intereses corporativos, por esto, ya se están haciendo oír.
La policía. Los policías chilenos hoy saben que su función no acaba cuando terminan el acta,
sino cuando son capaces de explicar su trabajo en una audiencia judicial. “Al principio
nuestros policías, aún los más honestos y profesionales, han pasado vergüenza en las audiencias. Se
ofendían terriblemente porque, interrogados por los jueces o defensores, saltaba una forma muy
deficiente de trabajo, que ellos tomaban como ataques personales, aunque no los fueran”, dice
Rodrigo Balart Carrizo, comisario de la Policía de Investigaciones de Chile e inquieto abogado.
Esto ya no pasa. “Si van nada más que con un papel acusando a alguien, el juez los manda a la
casa a él y al detenido que le llevaron. Este sistema enseña al policía que detener sin procurar
testigos y trasladar prueba resguardada no sirve para nada”.
Esto también supone el fin del modelo de los tribunales trabajando de 7 a 13. “La salud
pública exige hospitales abiertos las 24 horas porque la enfermedad no para. El crimen tampoco
tiene horario acotado”, decía el diputado provincial Santiago Mascheroni (UCR), tras conocer
el trabajo sin interrupciones de las fiscalías, en el Centro Judicial de Santiago el martes pasado
(ver aparte).
Sobre el Ministerio Público —es decir, las fiscalías— recae el trabajo de recibir a
las víctimas y denunciantes de delitos, de organizar las acciones para aclarar los ilícitos pero
también —diferencia mayúscula— decidir qué denuncias desechará, lo que implica no
engordar inútilmente los tribunales con causas que el actual sistema en Santa Fe, por ejemplo,
inscribe mucho pero investiga poco.
No hacer, pero decirlo. Las denuncias a no investigarse suponen una parte del sinceramiento del
sistema. Si valoran que no hay pistas o antecedentes para aclarar las denuncias, los fiscales
chilenos, y en el futuro los santafesinos, las archivan.
¿Por qué lo hacen? Porque saben que si una denuncia llega más arriba sin esos elementos, el juez
la descartará, lo que habrá significado trabajo inútil, que los empleados judiciales deben reservar
para las causas que sí tienen pruebas. Si no futuras quejas, al menos esto termina con una
hipocresía, porque en Santa Fe el sistema promete lo que no hace. “Lo más negativo es no
poner término al conflicto de ninguna manera”, dijo el ministro de la Corte Nacional de Chile
Haroldo Brito en una reunión privada donde estaban la vicegobernadora Griselda Tessio, el ministro
de Justicia Héctor Superti y tres ministros de la Corte provincial.
También los fiscales pueden decidir no iniciar una causa si el hecho denunciado no compromete
gravemente el interés público o no es un delito cometido por funcionario público. Será antipático,
pero tiene sentido: como los recursos humanos nunca permiten abarcar todo, entre la investigación
del robo de un monedero o un delito económico complejo está claro que se debe elegir. No es lo
mismo que prescriba, por ejemplo, la millonaria causa IBM-Banco de Santa Fe que un robo menor.
Esto no quiere decir que robos medianos o pequeños no se investiguen. Pero para aliviar la carga
del sistema están previstas, como ocurrirá en Santa Fe, una serie de salidas tempranas a los
conflictos. Por ejemplo, acuerdos reparatorios, donde el acusado ofrece una compensación a la
víctima, o suspensiones condicionales del trámite, donde el fiscal aplaza la investigación si el
imputado, sin tener penas previas, acepta una restricción de su libertad por un tiempo
determinado.
El juez de garantías Amiot Rodríguez explicaba esto así: “Antes, con el juicio escrito, el
sistema con las denuncias operaba como un embudo: una enorme boca que recibe todo pero por la que
sale muy poca respuesta. El régimen actual en Chile es un embudo al revés: discrimina mucho arriba
pero se ensancha hacia abajo resolviendo mucho”.
Esto es lo que se busca en Santa Fe: un esquema más racional, que no malgaste recursos
económicos en casos que se inician pero no terminan, que ofrezca soluciones a las víctimas y que
sea más justo con los acusados de delitos. Habrá que atender a que la exigencia que supone el nuevo
modelo aquí respete los derechos de los que prestan tan esencial servicio.