El presente de Central duele. Duele demasiado. Perdió 2 a 0. Los números no cierran y la debacle es cada vez más profunda. El canalla está enterrado hasta el cuello en el promedio, la reacción se posterga demasiado y en el horizonte rige un alerta meteorológico que por ahora se presume indefinido. Lamentablemente, los auriazules hoy tienen como mejor amigo a la derrota y esta relación perversa debe abortarse de inmediato. Ayer ante Colón, el partido fue friccionado, luchado y ordinario; y con muy poco, sólo con la astucia de Esteban Fuertes, el sabalero se alzó con tres puntos de oro y dejó otra vez a los de Alfaro llorando en los rincones. Central volvió a ser como ese chico al que siempre le sacan los caramelos y nunca sale corriendo, ni se los cambia de bolsillo. Acostumbrarse a perder es el peor pecado del fútbol. Faltan 16 fechas y en junio no habrá grises, será paraíso si conserva la categoría o infierno si el descenso se consuma. Hay tiempo para rebelarse.































