Fue él quien le enseñó a un pibe, durante la homilía de una misa celebrada para su curso, cómo la muerte es apenas un paso más hacia otra etapa, la otra vida. Aquél chico entendió entonces, antes de cumplir 12 años, que la muerte física de un ser querido (o tan sólo conocido) es motivo de profunda y respetuosa celebración interior. Celebración en el sentido de invitación a una meditada autorreflexión sobre la vida en este plano, en el próximo, y el rol que decidimos tener en ellos. Esa es una de las pocas enseñanzas (o si se quiere la interpretación que hizo el niño de ella), que le quedó para toda la vida y lo ayudó a encontrar paz cuando seres queridos encontraron la hora de partir de este mundo. El cambió su vida en cierta forma y ni se compara con cómo logró cambiársela a cientos sino miles de otros chicos con su obra, porque él fue, es y será la clase de ser humano que nos demuestra cómo alguien puede hacer la diferencia y cambiar este mundo, una persona a la vez. Que en paz descanses padre Tomás Santidrián. Gracias por cambiarme la vida.




































