Ya hace 9 meses presenté un proyecto que tiene como espíritu evitar el abuso en las escuelas o el “bullying”, como se lo conoce según su terminología en inglés. Es para terminar no solo con el maltrato físico sino también moral y verbal. Se trata de un problema en constante crecimiento en los establecimientos educativos de la provincia. En buena hora, tanto el Ministerio de Educación como mis pares diputados de la comisión que entiende en la materia se pusieron a trabajar en el tema. Pero para poder tratarlo, hay que entender sobre lo que estamos hablando. Mi proyecto pretende que todos los integrantes y autoridades de las escuelas se vean involucrados en la problemática para poder así ser más efectivos en la prevención del abuso físico o psicológico. Este maltrato, según los especialistas profesionales, atenta contra la dignidad del niño y sus derechos fundamentales. Y entre todos los actores se puede arribar a una solución de semejante flagelo que marca a un sujeto para toda su vida. Hoy en día cada institución lo maneja como le parece a las autoridades. Y con esto se conformaría un protocolo redactado por especialistas en las materias legales y psicología, que pretende cortar con la agresividad. Generalmente los acosadores molestan a los más pequeños o a los niños más vulnerables. Molestan a niños que se están desarrollando y son torpes con su cuerpo, o con sobrepeso, o hasta los más estudiosos o muy tímidos, según los especialistas. No necesitan mucho para inspirarse si tienen la intención de herir, humillar o dejar de lado a alguien de su círculo de amigos. El acoso escolar o bullying es un problema que afecta a miles de niños, sin distinción de clases socioeconónomicas. Tenemos que tomar cartas en el asunto con una decisión de Estado de finalizar con este flagelo.































