Economía

Los caminos posibles

Dice el manual de la vida que cualquier ser humano aprende o debería tener la capacidad para hacerlo, aunque siempre hay excepciones.

Domingo 13 de Octubre de 2019

Dice el manual de la vida que cualquier ser humano aprende o debería tener la capacidad para hacerlo, aunque siempre hay excepciones.

Los seres vivientes del reino animal nos dan lecciones de la evolución darwiniana y de superación constante que, los bípedos muchas veces nos cuesta asimilar y, el tiempo pasa con las consecuencias que no tomar nota de lo vivido para mejorar.

¿Qué deberíamos aprender? De las experiencias básicamente. La cultura oriental considera a los adultos mayores, una fuente inagotable de vivencias a capitalizar y pilar central de la sociedad, es por ello el culto del respeto por ellos es incondicional. Aprender de las experiencias ajenas nos permite: ganar tiempo y ser más eficientes en términos de resultados ya que nos evita del mayor costo, la prueba y error. Desperdiciamos el recurso más valioso y finito (el tiempo) repitiendo desaciertos como si de los errores nada aprendemos. Nada.

Otra fuente de conocimiento es la propia experiencia y la aventura de forjar nuestro camino en función a los golpes, frustraciones y también los aciertos. Claro que cada cual precisa vivir sus propios momentos para evolucionar cómo persona, cada vida es inigualable, única y de hecho cada persona lo es. Solo que en la vida de una sociedad quienes dirigen los destinos de sus pueblos, una responsabilidad superior los embarga.

La economía como ser viviente corre la misma suerte en términos de aprendizaje, sólo que en Argentina entre 1930 y 1960 decidimos “descolgarnos del mundo” y hacer nuestro propio camino, más allá de algunos momentos parecía que habíamos tomado nota de quienes hoy lideran el mundo y antes se inspiraban en nuestros fundadores. .

Un extraño romanticismo revolucionario y de combate al capital fue ganando espacios para hoy resultarnos en cada vez más pobres, ignorantes y de un futuro verdaderamente sombrío al menos en términos de resultados económicos.

Ese extraño espíritu revolucionario que dice combatir al capital tiene cómo premisa un Estado que se filtró crecientemente en la vida privada económica cómo el agua entre las piedras. No sin enormes costos y postergaciones. Hasta mi hijo Pancho (10 años) repite que nada en gratis en la economía, aunque en la falacia intelectual de muchos dirigentes este siga siendo un slogan segmentado a quienes siguen creyendo que la mayor asistencia genera mejores resultados. Los números indican de plano lo contrario.

Hasta la década del 30 Argentina era potencia junto con Australia, Canadá y Estados Unidos con quienes compartían un PBI de +5.000 G-K en dólares de 1990. Tema agotado. Entre el 30 y el 60, las banderas revolucionarias comenzaron a socavar los cimientos de la libertad que proclamaba Juan B. Alberdi entre otros verdaderos visionarios. Aquellos países lograron multiplicar 6 veces el valor de su PBI cuando nuestra bendita economía sigue subsumida en el estancamiento económico y en el retraso intelectual. Nacía la argentina de los derechos, del Estado elefante, de poderosos sindicatos y de la renta financiera.

Pasó más de medio siglo de aquel momento en que definimos hacer nuestro propio camino, aislándonos intelectualmente de los países de vanguardia.

Estos 50 años de populismo ameritan ser evaluados con datos duros y no percepciones o ideologías vacías de análisis. Estas discusiones de posicionamiento solo interesa a los funcionarios, nos distraen de lo que en verdad nos interesa a los privados: y es contar con reglas de juegos estables, previsibles y fundamentalmente plausibles para invertir nuestro único tiempo en actividades que nos permitan desarrollarnos como emprendedores y a partir de la dignidad del trabajo, evolucionar como seres sociales.

Medio siglo perdido sin crecimiento y transitado con una presión impositiva que triplica los valores de entonces; 10 millones de planes de asistencias sociales; una sobre población de empleados públicos de 3,2 millones de individuos; un Estado 3 veces más grande, con una deuda pública que equivale al 100% del PBI; un coeficiente de Gini que cayó del 0,635 a 0,447; una inflación conocida, parte del decorado y, lo más relevante con una pobreza que al menos, avergüenza del 35%.

El resumen de estos datos son tan contundentes que solo un necio puede insistir en este camino de un Estado omnipresente implica bienestar, sino todo lo contrario, decadencia. El axioma sobre el que se edificó aquel giro de política economía, nos hizo más pobres, más ignorantes y muy dependientes.

Hubo ganadores. Los pícaros que enarbolan la bandera que no pueden sostener con sus conductas privadas y en complicidad con una justicia ciega, sorda y muda.

¿Y si probamos con algo distinto? Por ejemplo, con un Estado 50% de su tamaño actual y acorde a lo que podamos sostener. Acotando la carga impositiva, generando el traspaso de los empleados públicos al sector privado y con el foco en competir aportando valor y no escondiendo las ineficiencias debajo de la alfombra, quizás nos depare un futuro mejor.

Se puede salir de esta situación solo generando riquezas, menores gastos, más inversiones y reviviendo la cultura del trabajo, más producción en primer lugar. Una Argentina que premie y cuide a quienes hacen el esfuerzo e incentive la dignidad de quienes hoy solo se confinan a vivir de un Estado que en su estado de morbicidad precisa urgente de cirugía mayor. Sino, sopa y otra vez sopa.

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