Cultura y Libros

Bandidas

Nahuel Gallotta se crió en un ámbito marginal y esa experiencia le es útil para hacer periodismo. En su último libro emplea todos los recursos del oficio para contar once historias duras: las de once mujeres que se dedicaron o dedican al delito. En diálogo con este suplemento, dijo que "la interpretación es algo que le corresponde al lector. No me interesa bajarle un mensaje".

Domingo 10 de Noviembre de 2019

Ellas se confiesan. Se desvisten. Se muestran de cuerpo y alma. Abren las puertas de sus vidas, las ventanas de sus corazones, los rincones de sus casas. Hablan de lo que hicieron en su pasado, de sus inicios en una vida que las hizo diferentes, de sus viajes, sus amores, sus cuentas ganadas y también las perdidas. Cuentan su presente que se llena de recuerdos y está envuelto en el afecto de sus familias, para las que dicen hacer y dar todo. Planifican su futuro y avanzan con planes ambiciosos, acaso increíbles.

Él las escucha. Las observa. Las analiza. Se mete en sus vidas sin ser visto. Acepta la invitación de recorrer juntos un pasado digno de una película. Es parte de un presente que le permite entrar a sus hogares, rodearse de sus amigos y familiares, compartir comidas y sobremesas que se extienden más allá del sol, salidas o al menos una visita carcelaria. Ahonda en sus sentimientos, en el porqué de la vida que eligieron (o a la que se vieron empujadas) sin cuestionarlas. Se pierde en el laberinto de sus sentimientos, de sus relaciones. Se convierte en un analista de sus vidas.

Ellas son mujeres. Once. Son madres, hijas, tías, hermanas, abuelas. Viven el día a día de cualquier mujer, pero también el que su profesión, o quizás su trabajo, les permite. Son once bandidas. Mujeres comunes con vidas poco comunes. Ellas son Claudia, la internacional; Belén, la piratera; Carla, la boquetera; Florencia, la sacadora; Juana, la narco; Fernanda, la punga; Lucía, la cuentera; Jazmín, la descuidista; Susy, la tarjetera; Laura, la cañera, y Sandra, la transa.

De todas ellas una sola está presa. Una es socióloga y ya no delinque. Hay otra que dejó el delito gracias a la religión. Las otras ocho bandidas están en actividad, quizás más cerca de lo que el lector de esta nota lo perciba.

Él se llama Nahuel Gallotta. Un tipo que pudo haber estado del mismo lado que ellas, que pudo ser un bandido, que pudo conocer de cárceles y encierros pero que por esas cuestiones del destino esquivó un futuro casi marcado y terminó siendo periodista y escritor, aunque no se la crea. Nació en 1985 en Buenos Aires y tras recibirse de licenciado en periodismo en una universidad privada no hace más que escribir. Pero no desde un escritorio, sino desde la calle. Desde el mismo lugar donde una vez estuvo cerca de elegir otro rumbo. Los domingos sus columnas acaparan lectores de un diario porteño. En 2015 salió su primer libro, La conexión Bogotá: crónicas de la red mundial de ladrones cololmbianos que se instaló en la Argentina. Y ahora acaba de publicar su segundo, Bandidas: once historias de ciertas mujeres. En diálogo con este suplemento, contó la historia de un texto tan controvertido como apasionante.

¿Es verdad que no te hiciste choro porque no te dio y eso te llevó al periodismo?

—Hace unos días entrevisté al guionista Marcos Osorio Vidal. Me habló de "mundos", de que cada autor debería tener el suyo. Y que después, escribir es volcar eso a nuestras historias. En esa lógica, mi "mundo" comenzó a mis once años, cuando mis padres se hicieron cargo de la concesión del buffet del club Lamadrid (un club de barrio, humilde, cuyo equipo de fútbol milita en la 1ª C). Ahí vi y escuché de todo. Era un testigo del día a día de ese buffet en el que paraba mucha gente. Todos eran habitués. Del otro lado del mostrador fui conociendo a gente del ambiente: estafadores, transas, barras, algún que otro ladrón, borrachos, levantadores de quiniela, adictos. A veces, me dejaban quedarme con ellos. Por supuesto que no sabía muchas cosas de sus vidas. Pero fui percibiendo qué pasaba en cada situación: qué hacían cuando alguno caía preso, quién visitaba a esos amigos en la cárcel, qué ropa usaban, cómo se movían, qué respeto imponía cada uno. En ese lugar me sentí parte de algo, por primera vez en mi vida. Mis papás no me habían hablado de política, no tenía ídolos, no era fanático de ninguna banda de música. Entonces ese club, o mejor dicho ser de ese lugar y de ese barrio, me hizo sentir pertenencia. En el colegio sentía que sabían mi nombre y que era de Devoto y de "Lama" (como llama a su equipo). En el club en el que jugaba a la pelota, lo mismo. Eso me encantaba. Y me encanta hasta el día de hoy. Me pongo muy contento al ver que alguien me agenda en su celular como "Nahuel Lama" o "Nahuel Devoto". Me gusta más que lo hagan así que con alguna referencia con el periodismo. Porque yo, aun hoy, y quiero que siempre sea así, me siento más un pibe de esos dos lugares que un periodista o escritor. La cuestión es que crecí y empecé a relacionarme con pibes como yo.

¿Y qué surgió de esas relaciones?

—Algún día esos pibes me invitaron a una esquina. Empecé a parar con ellos. Duramos poco ahí. A los meses nos mudamos a una plaza que se llama La Terán. Creo que ahí ya tenía catorce años. En esa plaza parábamos tres grupos distintos: los más grandes, que andaban entre los 30 y 40, los que tenían entre 18 y 25, y nosotros. Ninguno había cumplido los dieciocho años. Cada uno ocupaba un lugar distinto en la plaza, pero la murga nos unía. Se llamaba "Los Desacatados de La Terán". Y ahí, en los ensayos, nos empezamos a relacionar con ellos. Resumiendo: en esa plaza vi de todo. Vi a pibes que salían de la cárcel por cuarenta y ocho horas gracias al beneficio de una transitoria y después despedirse para reintegrarse a la prisión. Vi pibes que se internaron dos o tres veces por sus adicciones. Mis amigos, los de mi grupo, hasta aspiraban pegamento o nafta. Yo paraba en esa plaza pero también conocía "mundos" de otras plazas. La mitad de nosotros éramos repartidores de pizza; la otra mitad, robaba. Los ladrones, tanto los de mi grupo como los mayores, siempre me cuidaron. Siempre me inculcaron seguir por el buen camino y me amenazaban con cagarme a trompadas si me llegaban a ver fumando un porro. Ellos me preguntaban por mis notas en la facultad, escuchaban mi primer programa radial. Recuerdo a un amigo al que le decíamos Cepillo: me arreglaba la moto gratis para que pudiera trabajar en la pizzería. Sabía que con eso yo me pagaba la universidad. La cuestión es que un mediodía pasé por la plaza. En tres o cuatro horas tenía una entrevista pactada con Facundo Pastor, para la materia Radio. Estaba en segundo año y cursaba por las noches. Me encontré con mis amigos, nos pusimos a tomar algo. Cuando me quise dar cuenta, sentí que no podía ir así a ver a Pastor. Y usé el ingenio: el barrio me había enseñado eso, a ser ingenioso. Si no fuera por el ingenio, o creo que por el hambre, mi vida hubiese sido mucho más fea. Las necesidades me hicieron fuerte. Y el barrio lo fue todo, lo es todo; por eso me gusta nombrarlo en todos lados. Lo que se me ocurrió fue pedirle a Mario, un amigo que ya murió, que me diera una entrevista. Acababa de salir de la cárcel de Ezeiza. Los dos teníamos diecinueve años. Le pregunté sobre la pelea en Ezeiza entre dos grupos: el de La Boca y el de Villegas. A la noche, en el programa de radio que hacíamos en la facultad, tenía a cargo la columna de policiales. Me presenté, hablé del tema y pasé la entrevista con Mario. Los profesores me felicitaron. Sentí que ahí tenía algo que ningún otro periodista podría tener. Mi tercera nota fue sobre los secuestros virtuales. Otro amigo me contó todo sobre el tema. Se dedicaba a eso. Después me dijo que también robaba autos. Y propuse una nota sobre robo automotor y me volvieron a felicitar. Digamos que utilicé y utilizo ese mundo que conocí, del que fui testigo. No lo cuento como una proeza. Fue lo que me tocó, lo que me encontré. Ni me creo mejor periodista o más vivo que otros por haber vivido todo eso. Sí puedo decir que estoy orgulloso de venir de donde vengo. Porque me siento un pibe de ahí. Me gusta manejarme como un pibe de la calle. Hoy sigo siendo amigos de muchos de esos pibes. Me dicen que soy “el orgullo del barrio” y eso para mí es hermoso. Vale mucho más que cualquier comentario que se refiera a mi escritura.

—Siempre decís que hacés periodismo delincuencial y no policial... ¿Dónde estaría la diferencia?

—Digo que hago periodismo delincuencial y no policial porque no hablo con la policía. Y ahí otra vez entra el barrio en la historia. Cuando éramos pibes la policía les armó causas a varios amigos míos. Pibes que repartían pizzas y un día los pararon, les plantaron un arma, los acusaron de un robo de auto y los mandaron a (la cárcel de) Marcos Paz. También recuerdo el caso de un pibe que de madrugada entró a robar a un almacén. Lo hizo sin armas. Se escapó en bicicleta. La policía le pegó un tiro por la espalda. Pero el hecho que me terminó de convencer fue por la TV. Una tarde miraba a un comisario declarar, rodeado de periodistas. Contó su versión sobre una detención. El detenido, que estaba esposado y con la cara tapada, era un chico del barrio. Nos habíamos criado juntos. Lo liberaron y me contó lo que había pasado. No tenía nada que ver con la versión policial. Y ahí me hice un planteo. Siempre aclaro que mi trabajo en Clarín me permite no cubrir actualidad. Porque el día a día no te da tiempo para trabajar. Y eso te hace escuchar la versión policial y volver a la redacción a escribir, porque la noticia tiene que salir mañana. Decidí entrevistar ladrones, también, por dos razones más. La primera es que eso me permitiría hacer algo muy distinto. Ser diferente, creo, es lo único que te permite progresar. Y lo segundo es que ni los expedientes, ni las entrevistas con jueces o fiscales o policías me darán lo que yo busco, que es entender por qué una persona decide hacerse delincuente. Es una curiosidad con la que convivo desde mis primeros años en la plaza. Los entrevisto y cuento sus historias sin opinar. Contando lo bueno y lo malo. Sin decir que hay que matarlos, pero tampoco diciendo que “delinquen porque son consecuencia de la falta de políticas del Estado”. No romantizo a la delincuencia. Solo la narro, y que los lectores saquen sus conclusiones.

—¿Por qué estas once mujeres? ¿Por qué bandidas y no delincuentes?

—Decidí que fueran bandidas porque antes de empezar a trabajar en el libro sólo encontré historias de otros perfiles de mujeres delincuentes. O eran mujeres que habían asesinado a sus abusadores o golpeadores, o que habían matado por amor. O eran mujeres engañadas, o que habían comenzado a delinquir de grandes, y solo para subsistir. En el mundo del crimen los protagonistas siempre son hombres. Quería contar historias de mujeres que lleven un buen nivel de vida gracias a sus robos o negocios con la droga. Es lo que dije antes, mi objetivo es hacer algo distinto. Con una mirada también distinta. Lo que hacen y el tipo de vida que llevan las hace bandidas. Las otras serían delincuentes “ocasionales” o “cachivaches”, como las llaman en las cárceles. Estas últimas, aunque en su versión masculina, son las que más salen en los medios. Eso, como espectador, me aburre. Prefiero el mundo de la delincuencia de clase media tirando a alta.

—En todas las reporteadas hay algo común: son mujeres, madres, esposas, abuelas y además tienen como un “gen” que reconocen las hace bandidas y que no pueden vivir sin ello. ¿Cómo se interpreta eso?

—Creo que no tengo respuesta para esa pregunta. Y a decir verdad, no me interesa tenerla. La interpretación es algo que le corresponde al lector. No me interesa bajarle un mensaje o una paradoja. Solo busco entretenerlo, hacerlo pasar un buen momento. Y que después lo interprete como quiera. Lo único que puedo decir es que yo no defiendo a mis entrevistados. No digo que lo que hagan está bien. No digo que las vidas de delincuentes son hermosas y que todos deberíamos imitarlos. Cuento lo bueno y lo malo. Y creo que, en términos generales, siempre son más las cosas negativas que positivas. Lo que siento es que aun estando libres están presos del dinero. La ambición no les permite disfrutar de las simples cosas de la vida. Lo más probable es que nosotros seamos más felices que ellos.

—De todas las bandidas, ¿cuál es la historia que más te impactó?

—Indudablemente la de Fernanda, la punguista. Me impactó porque a sus seis años sus padres ya la sacaban a robar. La llevaban con ellos. A sus trece sus padres fueron detenidos y quedó a cargo de sus hermanos. Es la mayor. Y empezó a hacer lo que había aprendido observando a sus padres. A su mamá más que nada. Se subió a los colectivos y se hizo punguista. A los quince fue mamá por primera vez. Hoy, creo que cinco o seis de sus diez hijos están presos. Yo nunca justifico sus decisiones de hacerse delincuentes. De hecho, en todas las historias cuento que tienen hermanos trabajadores y en varios casos, profesionales. Pero sin duda, esa infancia la debe haber marcado mucho.

—En la mayoría de las historias tus bandidas anduvieron por Rosario. Es lógico que no hayas ahondado en el tema, pero para nosotros, como habitantes de una ciudad estigmatizada desde “la Chicago Argentina” para acá, es importante. ¿Lo han hecho por verla como una ciudad “fácil”, donde la complicidad con la policía o la gorra, como suelen llamarla, se da más naturalmente o es otro el motivo que las ha traído?

—Muchas me cuentan que en Rosario les fue bien; que ahí hay plata. Ojo: la plaza preferida es Buenos Aires. Viajan a Rosario cada tanto. Creo que más que nada para desaparecer de Buenos Aires, por problemas con la policía. Además, siento que les gusta como ciudad. Lo de la policía rosarina creo que es lo mismo de todo el país: el concepto es que, cuanto más cerca de Buenos Aires, más potencialmente corruptos son. Ellas siempre llevan algo de dinero entre sus prendas por si las detienen, para intentar coimearlos.

—En las historias que contás, la policía aparece de soslayo. ¿Lo hacés a propósito o ellas no se refieren al tema por sus presuntos negocios con la gorra o los “permisos” para ser bandidas?

—Todo parte desde lo mismo: hacer algo distinto. Para contar cómo roban están los periodistas de la TV. Para contar la versión de la policía hay otros periodistas que se encargan de eso. Siento que en Bandidas hay robos, hay arreglos con la policía, pero hay muchísimo más de lo que realmente quería contar y no encuentro en muchos otros periodistas: cómo fueron sus infancias, cómo entraron en el mundo de la delincuencia, cómo son como mamás, cómo son como hijas, cómo son estando enamoradas, qué hacen durante el resto del día. En qué gastan sus botines. La conclusión es que, en casi todos los casos, lo único que las diferencia de las otras mujeres es la manera de ganarse el dinero. Después, se parecen mucho a nosotros: quieren lo mejor para sus hijos, los mandan a colegios privados, a actividades culturales o deportivas por las tardes, no quieren que anden con malas juntas; ellas van al gimnasio o a yoga o a spinning o a clases de baile. Y se hacen operaciones estéticas y viven yendo a la peluquería. No son adictas a las drogas, ni mucho menos. Varias no toman alcohol y ni siquiera probaron las drogas.

—Hay una de las mujeres que es de Villa Gobernador Gálvez, ciudad vecina a Rosario...

—Cuando llevaba varias mujeres porteñas o del conurbano entrevistadas, sentí que debía incorporar mujeres de distintos puntos del país. Y en esa búsqueda me convencí: no podía faltarme una rosarina. Lo mismo con una tucumana y una cordobesa. Y empecé a buscar, moví los contactos. La historia de la rosarina es la más marginal de las once. Tal vez, la que es menos “bandida” de todas, junto a la socióloga, que vendría a ser la más “ocasional”. Aunque ella en el libro cumple otro rol. Más que su historia, me interesó su mirada sociológica del mundo de las mujeres delincuentes. La rosarina es la cañera del libro. La que robaba con armas.

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