En el puente de Al Maktoum, una estructura de cemento y metal que salva el Dubai
Creek, especie de lengua angosta e irregular que se mete en tierra firme como si pretendiese
hacerle una broma al Golfo de Arabia, compruebo varias cosas. La primera: Dubai City no está
diseñada para peatones, es más, da la impresión de que a la urbe no le interesan los peatones.
Segunda: los coches en Dubai City, todos ellos, son impresionantes en acepciones que se multiplican
por cuatro: grandes, lujosos, veloces, insuficientemente ocupados.
Cada carromato, ya sea todo terreno, super todo terreno o
con tracción en las quince ruedas, circula simplemente con su conductor y, en contadas ocasiones,
con algún acompañante.
Tercera: la mayoría de las excavaciones están señalizadas con un cartel que dice
“Deep Excavation” y la razón es que son mastodónticas, como si una explosión de
“nosecuantos” kilotones estuviese preparando el lugar que alojará los cimientos de un
futuro edificio, imaginable en su altura con sólo proyectar hacia arriba lo que se insinúa por
debajo.
En el puente de Al Maktoum el suelo tiembla ante el avance
veloz de vehículos que no se inmutan ante la “cultura” de occidente, representada por
ropas y perfumes que se anuncian en todas las farolas con logo, fotos y protagonistas originales
pero con el argumento escrito en los caracteres árabes.
Desde ese punto inseguro del puente donde nacen las
comprobaciones se ve la Corte de Justicia, cuasi besando un cartel donde una mancha de petróleo se
transforma en rueda.
El texto, firmado por una multinacional del caucho y la energía expresa:
“El poder no es nada sin control”.
Pequeña odisea
Con dudas acerca de si el poder está controlado en los Emiratos Arabes intento
cruzar la calle, cosa que se convierte en una pequeña y gran odisea.
La forma de hacerlo, tras muchas preguntas, me llevaron a asumir una cuarta
comprobación: los dubaitíes o como se llamen los ciudadanos que habitan Dubai, al menos aquellos
que tropezaron conmigo, contestan lo primero que les viene a la cabeza, entiendan o no entiendan la
pregunta, estén apurados o no, sepan o no sepan la respuesta, eso sí, con una amabilidad que
prolonga la sonrisa hasta hacerla casi sospechosa.
Mi deriva debía llevarme a Puerto Rashid, y en el empeño
los “asesores” me hicieron cruzar tres veces el Dubai Creek, la primera por encima del
agua, la segunda a través del ella, a bordo de un barco que se paga con monedas, y la tercera por
debajo, ya derrotado y a bordo de un taxi, engullido por el túnel cuyo nombre es Al Shindagha.
La ribera está atestada de embarcaciones de madera llamadas dhows, que
contrastan en su vetustez con todo lo que tienen enfrente, como si las costumbres se hubiesen
quedado en el agua y toda la modernidad, rotunda, obscena, espiara desde tierra seca.
La seguridad, omnipresente, saca a relucir la
“amabilidad” de las fuerzas públicas y privadas de seguridad, con armas largas o
bastones cortos.
Los rayos X están a la orden del día, operados por funcionarios con túnicas,
turbantes y sandalias, como si ya en el mismísimo puerto, o banco o gran superficie se quisiese
demostrar la tesis que explica los manuales de lujo.
“Dubai es una ciudad de contrastes fascinantes que ofrece el sabor de lo
nuevo y de lo antiguo, lugar de encuentro entre oriente y occidente que gracias al líder visionario
Al Maktoum, su familia y sus normas ha transformado una pequeña villa pesquera en la vibrante y
moderna ciudad actual, repleta de sorpresas”.
Al Maktoum
El nombre Al Maktoum, omnipresente como la seguridad, se repite en puentes,
hospitales, edificios, monumentos, estatuas, sólo o acompañado, con fotos grandes o muy grandes, al
lado del príncipe, de un caballo o de un halcón. Se trata de Mohammed bin Rashid Al Maktoum actual
mandatario de Dubai y vicepresidente de los Emiratos Arabes Unidos.
Cuesta creer como algo que no hace más de cuarenta años era
desierto se convirtió en lo que ofrece actualmente al mundo: una de las mayores concentraciones de
dinero por metro cuadrado, de cemento, acero inoxidable, cristales que se elevan como si
pretendiesen horadar el cielo, haciendo del eslogan “Nada es imposible en Dubai” un
acto de fe absurda, capaz de idear casas submarinas, pistas de hielo en zonas donde la temperatura
supera los 40 grados a la sombra.
Ciudades sobre el agua, edificios torcidos, helipuertos y pistas de tenis entre
las nubes, centros comerciales donde el derroche de frío y luz es escandaloso, donde el agua cuesta
más que la gasolina y la ostentación es cosa común.
Visitas a zocos
No obstante, el reclamo hacia lo de siempre, aquello que nunca pierde vigencia,
sigue activo, ofreciéndose visitas a zocos donde los tejidos se entreveran con especies.
“Mucho para hacer, mucho para comprar”, haciendo un juego de
palabras en inglés nuestro guía nos asegura que eso significa Dubai: “A lot of do, a lot of
buy”.
Los centros comerciales parecen darle la razón. La gente acude con muchas ganas
de quedarse a vivir en ellos.
Mercato, Wafi, City Centre y otros muchos son catedrales donde el dinero
se abraza al consumo, mientras el buen gusto y la contención intentan huir escarmentados.