El desarrollo del lenguaje siempre inquieta a las familias que aguardan esa primera palabra, que les confirma que su hija o su hijo han comenzado a hablar. Por esta razón, las consultas vinculadas a las dificultades en el desarrollo de lenguaje oral en los primeros años de vida no son novedosas. Les debemos a las maestras su mirada atenta. Ellas son las que, históricamente, han sugerido una consulta fonoaudiológica cuando el proceso de adquisición lingüística muestra ciertos obstáculos.
En la actualidad, madres y padres suelen consultar sin sugerencia o derivación previa. Las demandas se han incrementado acorde a los tiempos que imperan. Niñas y niños que ven sus rostros reflejados en las pantallas antes que en la mirada de un ser querido. Dispositivos tecnológicos que se ubicaron en el centro de la escena y se convirtieron en la herramienta de comunicación en plena pandemia. Familias, que arriban al consultorio, preguntando si sus hijas e hijos tienen tal o cual trastorno. Etiquetas y rótulos, expresados en siglas (TEA, TGD, entre otros), que circulan en redes sociales, medios de comunicación, internet, hogares y escuelas. Señales de alerta, que remiten a supuestos indicadores de trastornos mentales, los cuales se replican con total liviandad, al momento de interpretar una dificultad en la comunicación, el desarrollo del lenguaje y los aprendizajes de las infancias.
Esta realidad se vincula con el fenómeno de la patologización de las infancias y las “certezas diagnósticas” promocionadas por los Manuales de los Trastornos Mentales, más conocidos como DSM (por sus siglas en inglés). Desde esta perspectiva, los problemas cotidianos de las niñas y los niños son considerados patologías de causa neurobiológica o genética. Rápidamente, ante la presencia de un malestar, síntoma o dificultad, aparece en escena una etiqueta o un rótulo. Se administran tests y protocolos de evaluación para registrar y cuantificar síntomas, que una vez agrupados, constituirán un determinado trastorno. No se contempla la singularidad, la historia y el contexto de cada sujeto, ni los determinantes sociales y epocales. Por eso se considera que estas clasificaciones no son verdaderos diagnósticos.
Es fundamental destacar que la comunicación y el lenguaje se desarrollan en el contexto del diálogo, en la interacción social entre las personas. Por lo tanto, estimar que los genes y el cerebro son los únicos responsables de las dificultades que las infancias actuales pudieran presentar al momento de comunicarse resulta, al menos, disparatado. Porque el desarrollo natural, vinculado a los procesos de maduración y crecimiento, siempre se encuentra condicionado por la cultura. Es decir, por las oportunidades que se les brindan a las niñas y los niños para desplegar sus recursos comunicativos y verbales.
"Estimar que los genes y el cerebro son los únicos responsables de las dificultades al momento de comunicarse es disparatado”
Por otro lado, las redes sociales muestran otras propuestas que, en apariencia, pretenden apostar a la singularidad de cada sujeto. Para lograrlo, se ofrecen guías para las familias, tips y recetas. Por ejemplo, para promover la producción de nuevas palabras, para ampliar el vocabulario, para superar la etapa de las dos palabras y lograr la construcción de una frase o incluso para que las niñas y los niños se enuncien en primera persona. Ojalá fuera tan sencilla la ecuación. Pero sucede que el lenguaje no se enseña ni se aprende. Se construye siempre en los intercambios comunicativos, que permiten crear lazos sociales y participar de la comunidad, la cultura y la sociedad.
Ahora bien, es cierto que contamos con algunas certezas. El diálogo, la literatura, los relatos orales y el juego son recursos fundamentales para las niñas y los niños. Es decir, las familias pueden acompañar el desarrollo lingüístico de las infancias compartiendo instancias dialógicas, literarias, narrativas y lúdicas.
Además, es importante que estemos atentas y atentos ante las dificultades que pudieran presentar, por ejemplo, si observamos obstáculos en la interacción social, ausencia de lenguaje oral, escasas producciones verbales, discursos poco claros o ininteligibles o dificultades para comprender lo que otras personas intentan decir. Ante estas circunstancias, la recomendación más atinada es realizar una consulta fonoaudiológica. Porque la fonoaudiología es la disciplina de la salud que se ocupa de abordar la comunicación humana y sus posibles perturbaciones. El proceso de evaluación diagnóstica permitirá determinar si las preocupaciones, que las familias expresan en relación a la comunicación y el lenguaje de sus hijas e hijos, remiten a errores evolutivos o a una problemática que requiere de una intervención terapéutica. Las sugerencias serán pensadas para cada niña o niño, para cada familia en particular. Porque no existe una infancia modelo, prototipo o estándar; porque los procesos de desarrollo y aprendizaje son siempre complejos y singulares.
Los medios de comunicación y las redes sociales pueden aportar información, pero es importante comprender que información no es sinónimo de conocimiento y que, detrás de ciertas publicaciones, existen intereses que poco aportan al cuidado de la salud de la niñez.