-Planteás esta cuestión de perder la “identidad de pianista”. Si bien sos canadiense y esa formación social y cultural está presente, el hecho de regresar después de tanto tiempo habilita la posibilidad de generar un nuevo perfil. ¿Tuviste eso presente?
-Digamos que no es que estaba cansado de ser pianista, pero sí tenía la sensación de que como pianista tuve mucha suerte: me di el gusto de tocar mucho repertorio que me encanta, de tocar con muy buenas orquestas, lo hice mucho. Hay una expresión en inglés que dice “been there, done that”, que es algo así como “estuve ahí y ya lo hice”. Tenía curiosidad por otras cosas. Siempre sentí al piano, a la música, como un canal a través del cual me expresaba y pensaba, pero mis intereses iban más allá de la música en sí. Entonces quería ver cómo me integraba acá, que no es fácil a mitad de carrera (cuando no conocés a alguien del ambiente), y a la vez estar abierto a modificaciones de rumbo y ver para dónde iba.
Desde su nuevo epicentro en esa pequeña localidad ubicada a diez kilómetros de Toronto, Panizza continuó desarrollando un circuito de conciertos que lo mantuvo activo y en movimiento, hasta que la irrupción de la pandemia lo llevó a redefinir estrategias. Pese a las dificultades evidentes de ese contexto, la imposibilidad de tocar en vivo le permitió saldar algunas deudas personales. “A medida que uno está más grande, la sensación de comunidad es algo que valora mucho. Es lindo viajar y tocar por el mundo, pero la comunidad local es la que te ancla afectivamente. Es algo que no pude lograr en Argentina, porque mi carrera se hizo rápidamente a nivel nacional. Acá empecé a conocer colegas que me fueron derivando estudiantes, empecé a ser jurado en muchos festivales. Fue como una reorientación, porque si bien siempre di clases, era más bien algo tangencial en relación a tocar”.
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-Te has referido en diversas oportunidades respecto a la identidad y libertades que puede tener un intérprete de música clásica, analizando incluso la utilización de la partitura como un elemento liberador. ¿Buscás transmitir como docente una idea que se corra del academicismo, de una línea purista?
-Mi veta de herético siempre está (ríe). Además la edad promedio de mis alumnos es baja: me parece un buen momento para activar cosas que rompan con un cierto dogmatismo que no me parece conducente a la buena música. Siempre trato de comunicar eso, volviendo el énfasis en el sonido más que en la fidelidad visual de lo que uno está haciendo. La gran mayoría de mis alumnos vienen de la comunidad china, que es muy grande acá, y algunos tuvieron muchos años de formación en su país. Una cosa que me da mucha gracia es que en la Argentina algunos alumnos decían que yo era demasiado severo, demasiado estricto, que no era de elogio fácil. En cambio estos alumnos dicen que, comparando con donde venían… ¡soy buenísimo! (risas). Avanzo con ideas firmes, pero tengo la noción de que puedo estar equivocado, que se puede ir por otro lado. Siempre estoy tratando de reevaluar mi postura y esto va más allá de la música, entonces también estoy abierto a incorporar cosas. Siento que tengo que ir por mi camino pero adaptando otras formas de proceder. Respecto a la utilización de partituras, hay elementos que me parecen liberadores, que ayudan a concentrarse en el elemento que para mí es más importante, que es el discurso musical y no tanto ver si el pianista se acuerda de memoria todas las notas que toca. Sin embargo hay repertorios donde uno realmente no puede tocar con partitura, porque es tanta la agilidad pianística que no puede ni mirarla. Es un campus en el que todavía no tengo total claridad, que estoy estudiando, viendo cómo incorporar la partitura. Acá hay una cultura muy fuerte de la memorización, sobre todo de los alumnos. Que me parece también fundamental, porque estudiando tenés que memorizar. Por otra parte, tengo un amigo que es muy buen pianista y se siente incomodísimo tocando con partitura. Pienso en los elementos que te hacen sentir cómodo o incómodo con una partitura. Yo hago una combinación, según cómo me siento. Me parece que la postura no es tocar de memoria o tocar con partitura, eso no tiene que ser un factor: uno tiene que tocar como mejor siente que va a comunicar lo que va a tocar.
-A partir de esta característica de abrirte al intercambio de conocimientos, de no dar por sentada ninguna verdad revelada, ¿desde qué lugar abordás actualmente la interpretación de una obra?
-Siempre es una especie de combinación. Por momentos uno propone repertorio, pero muchas veces hay pedidos de determinados repertorios. Me gusta sorprenderme, descubrir, entonces no me apuro a conocer superficialmente la mayor cantidad de repertorio. Luego, en cuanto a las cuestiones técnicas, sin darme cuenta fui cambiando, sobre todo por el hecho de trabajar con algunos alumnos que son muy avanzados. Uno tiene que estar a la altura, porque gran parte de la transmisión está dada por el respeto que el alumno tiene por el maestro. Si el maestro toca y el alumno se impresiona, es mucho más permeable a las ideas. Eso me obliga también a repensar algunas cosas, incluso cómo estudio una obra. También hay una cuestión de escasez: al tener más actividad dando cursos, como jurado y demás, mi tiempo de estudio se achicó. Tengo que ser muy eficiente a la hora de elegir repertorio. Eso obliga a optimizar lo que uno estudia.
En ese contexto, hay un factor que no debe soslayarse: el mercado. “La carrera a nivel internacional se ha vuelto aún más visual –admite Panizza–. Ahora las pianistas, los pianistas, parecen actrices, actores, modelos. Dentro de esa cosa visual está el hecho de no tener la partitura, para que parezca un momento de creatividad. Pero después muchas veces escuchás lo que están haciendo y en algunos casos no tienen mucha inspiración, aunque visualmente parezca un momento de éxtasis creativo.
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Gentileza Fede Kaplun
-En ese marco de espectacularidad que impone el mercado, y en un terreno como el de la música clásica donde la reinterpretación no está tan valorada como en otras músicas populares, ¿qué lugar encontrás para que tu voz, tu mirada, tengan presencia, para que haya una valoración sobre eso?
-Me parece que se valora. Nunca me pasó en concierto que haya habido una reacción en contra a una iniciativa distinta a lo que se esperaba escuchar. Eso viene más de un dogmatismo, de un análisis académico pero no en el mejor sentido. Porque en la estética interpretativa del presente, cierto academicismo es fundamental para entender, por ejemplo, la gestualidad en la música del clasicismo, que estaba fuertemente asociada a la melancolía. Es muy útil entender eso. Pero después uno se pregunta cómo comunicar esa melancolía. Distinto es decir que esa gestualidad “se toca así”, porque lo que uno logra es una especie de imitación de la melancolía. Eso para mí se percibe. Cuando uno encuentra formas de transmitir esa melancolía de otra manera, generalmente está muy bien recibido.
Desde su rol docente, Panizza también apunta a romper con la hegemonización derivada de ciertos circuitos de formación que se focalizan fuertemente en la participación sostenida en concursos y festivales desde temprana edad. “Cuando esos chicos llegan a tocar a un concurso internacional tienen tal fogueo, están tan acostumbrados a tocar bajo presión, que tocan como dormidos, no manifiestan ninguna ansiedad, van totalmente aceitados –explica–. Pero el proceso también genera que uno esté siempre buscando una aceptación externa de los jurados. Empezás a aprender a jugar el juego del concurso. Eso tiende a la homogeneización, a que se vuelva al dogmatismo, y es un riesgo. Trato de concientizar sobre eso, porque implica estar tocando todo el tiempo cosas dentro de su alcance, en lugar de ir a buscar algo más ambicioso, que cueste, que no salga bien de entrada pero que deje lugar para crecer. Pienso que al combinar eso uno vuelve naturalmente a encontrar un contacto con el pensamiento directo, es otro cableado que se busca. Cuando eso se encuentra tiene recepción, al público le gusta encontrarse con algo que lo sorprenda, sino pasa a ser como música de ascensor, música que no ofende”.
Esa lógica es la que Panizza ha aplicado a su propio recorrido, que contempla una búsqueda tendiente a limar los extremos: “Me identifico mucho más con algunos grandes pianistas de jazz que con algunos grandes pianistas de música clásica. En la música clásica también hay un elemento creativo, en esencia, que en todo caso puede estar más codificado. A primera audición la música clásica aparenta ser mucho menos libre y comunicativa que ciertas ramas de música más improvisada, pero si uno encuentra el margen de movimiento, de expresividad, dentro de los límites que tiene, hay mucho campo para la creatividad. De la misma forma pasa para el otro lado: el jazz, aun con improvisación, puede ser formulaico y poco creativo. De hecho, podría pensarse en reevaluar la partitura a un nivel que está incluso más allá de lo que yo propongo, buscar reescribir y que las interpretaciones pasen a ser como covers de las obras originales, donde uno repiensa. Me parece un terreno interesante para indagar.
-Aunque pueda generar resistencias…
-¡Totalmente! No dije que uno pueda vivir de eso, sino que sería interesante (risas). Es como todo: muchas veces la gente que está encargada de emitir opinión lo hace con cosas cuantificables. La actitud conservadora de la música clásica excede a tocar la música en sí. Tiene que ver con una estructura de quién está evaluando, con qué está comparando. Lo que pasa, y que también es interesante como desafío, es que la gran mayoría de estos chicos tan talentosos que llegan a tocar a altísimo nivel en ningún momento se plantean ser músicos profesionales, lo hacen como una cuestión de formación. Uno plantea limar los límites entre estilos, entre un montón de cosas, pero a veces a los estudiantes les interesa tener esos límites, porque les ayuda a la comprensión. No estudian para ser usinas creativas, sino para escuchar a otros. Es como la diferencia entre alguien que quiere ser novelista y quien quiere estudiar Letras en la Universidad: son cosas distintas.
-Tu padre te enseñó los primeros pasos en el piano y has contado que el hecho de que fuera un músico vocacional le daba una mirada idealizada del mundo profesional. ¿Cómo incidió esa mirada en tu propio camino profesional?
-Pienso que fue una cosa positiva en mí. Tomo el ejemplo de los chicos que están concursando desde los siete años: cuando yo fui a competir a un concurso me entusiasmaba la idea de estudiar una obra nueva durante tres meses, pero fui a competir con chicos que la estaban estudiando hacía cuatro años. Yo la tocaba con buenas ideas, con buena intención, pero no estaba pulido. Eso fue a causa de una gran ingenuidad que siempre tuve, a causa también de esa mirada amateur de mi papá, sumada a las limitaciones económicas que hacían que no pudiera prepararme especialmente. Acá antes de un concurso los chicos toman cinco o seis horas diarias de clase con el maestro, durante unas semanas. Nunca pude hacer eso. Pero a la vez eso hizo que encontrara una manera de tocar distinta, llamativa, fue una cosa así, medio salvaje.
El hito de las Sonatas
Compuestas entre 1793 y 1822, las 32 sonatas para piano de Ludwig van Beethoven han sido catalogadas como el “Nuevo Testamento” de la música. En 2010, Alexander Panizza propuso su propia lectura de esa obra cumbre, en un ciclo de ocho conciertos realizados (entre abril y noviembre) en el Centro Cultural Parque de España. Con una trayectoria artística amplia en galardones y reconocimientos, Panizza distingue a ese ciclo entre “los recuerdos más queridos” de su recorrido profesional.
Editado por la Editorial Municipal de Rosario en un box set de colección conformado por doce discos, el ciclo de las sonatas también representa un hito de la interacción de distintos estamentos del Estado para la concreción de proyectos de alto vuelo. “Ese tipo de proyecto es difícil de hacer en cualquier lado, y lo hicimos en Rosario, por mucha gente iluminada”, reconoce hoy Panizza, que destaca la participación de la EMR, del músico y periodista Gastón Bozzano (productor general del proyecto) y del cineasta rosarino Pablo Romano, que le dio forma al destacado documental Alexander Panizza, solo piano.
“Fue todo un gran acto de amor, una experiencia increíble”, recuerda el protagonista, y concluye: “Es una muestra de que se puede, que es posible soñar en grande con cosas que parecen una locura. Hacer el ciclo de las Sonatas de Beethoven parecía que excedía la escala de Rosario, porque nunca se había hecho en el interior del país pero, ¿por qué no hacerlo? Y lo hicimos. Para mí las Sonatas fueron un antes y un después en mi carrera”.
La pandemia y una nueva visión del mundo
Poco más de dos años habían transcurrido en su nueva etapa en Canadá cuando la pandemia modificó el modo de ver el mundo para Panizza. “Cuando nos vinimos siempre pensaba que estaba a un vuelo de distancia. Un día me tomé un avión y a la mañana siguiente estaba ensayando en Mendoza. El mundo parecía muy chiquito. Pero de pronto la pandemia agrandó al mundo: era imposible ir al bar de al lado. Nos encontramos en un mundo enorme”, reflexiona.
El impacto, pese a las consecuentes complicaciones económicas, le permitió al pianista enfocar hacia su entorno cercano: “Me hizo tomar conciencia de lo importante que es apoyar y nutrir lo local. Porque es lo que está ahí. En ese sentido me da un poco de tristeza ver que en Rosario bajó un poco el apoyo a ese circuito rosarino, el circuito de conciertos en las salas de la ciudad, con músicos de la ciudad”.