Comprender qué contienen los productos y aprender a leer las etiquetas son pasos fundamentales para una alimentación saludable. El rol de los consumidores críticos y la importancia de la cocina como espacio de prevención.

Comprender qué hay detrás de los envases, aprender a leer las etiquetas y revisar cómo manipulamos los alimentos son pasos clave para transformar la forma en que comemos y tomar decisiones realmente alineadas con el cuidado de la salud.
Comprender qué contienen los productos y aprender a leer las etiquetas son pasos fundamentales para una alimentación saludable. El rol de los consumidores críticos y la importancia de la cocina como espacio de prevención.
Muchas personas creen que se alimentan de manera saludable porque eligen productos “naturales”, “funcionales”, “integrales”, “sin azúcar” o “sin Tacc”. Llenan su alacena con alimentos que prometen bienestar y hacen compras con la tranquilidad de estar cuidándose. Sin embargo, surge una pregunta necesaria: ¿cómo construimos la idea de que un alimento es saludable?
La mayoría de los envases no dicen explícitamente que son saludables, sino que lo sugieren. A través de colores, imágenes, palabras clave y símbolos, buscan despertar confianza y asociar el producto con el bienestar. La presentación comunica mucho más de lo que parece y está regulada por el Código Alimentario Argentino, que establece qué se puede declarar y cómo debe presentarse la información. El envase es una fuente de datos, aunque no toda esa información tiene el mismo impacto en la salud.
La alimentación consciente empieza mucho antes del plato. Comienza en la elección, y esa elección implica asumir un rol activo como consumidores críticos. Hoy la información está al alcance de la mano, pero no siempre se utiliza. Muchas veces se confía más en lo que el envase sugiere que en lo que realmente informa. Ser consumidores críticos no es desconfiar de todo, sino aprender a observar, comparar y decidir con mayor criterio.
En los últimos años, el concepto de alimento saludable se volvió atractivo y, por eso mismo, muy utilizado. Palabras como natural, vegano, sin Tacc, orgánico o artesanal aparecen con frecuencia en góndolas y envoltorios. No son malas categorías en sí mismas, pero tampoco garantizan salud. Un producto puede cumplir con una de estas condiciones y aun así ser altamente procesado o contener exceso de azúcar, sodio o grasas de baja calidad.
El problema no es el alimento, sino la falta de lectura crítica. Muchas elecciones se realizan desde la mercadotecnia y no desde la comprensión real de lo que se consume.
Las etiquetas son una herramienta valiosa, aunque muchas veces subestimada. Más allá de los mensajes destacados en el frente del envase, hay información clave que suele pasar desapercibida. La lista de ingredientes está ordenada de mayor a menor cantidad: lo primero que aparece es lo que más tiene el producto. Si el azúcar, los jarabes, las harinas refinadas o los aceites de baja calidad encabezan la lista, ese alimento dista bastante de ser una opción consciente, aunque su presentación sugiera lo contrario.
Hay algo que casi nunca se dice: la calidad del alimento no termina en la compra. Un buen producto mal manipulado, mal conservado o mal cocinado pierde gran parte de su valor nutricional e incluso puede volverse inflamatorio para el organismo. La contaminación cruzada, los tiempos de conservación incorrectos, los recalentados repetidos o las cocciones agresivas son prácticas cotidianas que impactan directamente en la salud, aunque el ingrediente original haya sido de excelente calidad.
Elegir bien también es saber conservar y preparar lo que comemos. La forma en que almacenamos y cocinamos es parte del acto de alimentarnos. La cocina, lejos de ser un espacio menor, es un verdadero ámbito de prevención y cuidado.
Hablar de alimentación consciente no es hablar de perfección ni de prohibiciones. Se trata de elecciones informadas, realistas y posibles en la vida cotidiana. La salud no se construye con modas ni con soluciones rápidas, sino en el día a día: en lo que elegimos llevar a casa y en la relación que construimos con la comida. Porque comer es un acto repetido, cotidiano y profundamente significativo. Elegir cómo hacerlo es una forma concreta de cuidar la vida.
Asesoramiento: Paula Silnik, técnica superior en alimentos.

