En una sociedad que todavía asocia jubilación con retiro definitivo y pérdida de protagonismo, el presidente de la Sociedad de Geriatría y Gerontología de Rosario José Alberto Trop propone cambiar la mirada. El especialista advierte que el cese laboral no marca un final, sino el inicio de una transición que puede extenderse durante décadas y que requiere planificación, acompañamiento y políticas activas. Desde su experiencia clínica y académica, insiste en que la forma en que se transita ese proceso incide de manera directa en la salud física, emocional y social de las personas mayores.
En esta entrevista, Trop desarma estereotipos sobre la vejez, analiza las etapas que atraviesa quien se jubila —desde la prejubilación hasta la reorganización del proyecto de vida— y plantea los desafíos económicos, familiares y psicológicos que emergen en ese momento. También adelanta por qué considera imprescindible implementar programas integrales de preparación, qué rol deberían asumir el Estado y las empresas, y por qué “sentirse útil” sigue siendo un factor determinante para una vejez activa y digna.
“La jubilación no es un corte definitivo, sino una transición”
—Dr. Trop, socialmente la jubilación suele asociarse al final de la vida activa. ¿Por qué cree que esta mirada sigue tan instalada?
—Porque históricamente se vinculó la jubilación con la vejez y, a su vez, la vejez con pérdida, inutilidad o pasividad. Son estereotipos muy arraigados en las sociedades occidentales. Sin embargo, la jubilación es solo un hito dentro de un proceso vital mucho más amplio. No es un corte definitivo, sino una transición hacia una nueva etapa que hoy puede durar décadas.
—Usted habla de la jubilación como un proceso continuo. ¿Qué significa exactamente ese concepto?
—Significa entender que no se trata de un momento aislado —el último día de trabajo— sino de un recorrido con distintas etapas: la prejubilación, el retiro en sí y la reorganización posterior de la vida. Cada una tiene implicancias psicológicas, sociales, económicas y familiares. Si no se acompaña ese proceso, el impacto puede ser muy negativo.
La importancia de la prejubilación
—¿Por qué la prejubilación es una etapa tan importante y tan poco abordada?
—Porque es el momento clave para anticiparse. Idealmente, la preparación debería comenzar entre tres y cinco años antes del cese laboral. Allí la persona empieza a pensarse sin el rol que organizó su vida durante décadas: horarios, ingresos, vínculos, identidad. Lamentablemente, todavía no existe una cultura extendida de preparación profesional para ese momento.
—¿Qué suele ocurrir una vez que la persona se jubila efectivamente?
—Muchas personas atraviesan una primera etapa que llamamos “luna de miel”, marcada por entusiasmo, descanso y actividades postergadas. Pero luego, si no hay proyectos reales, aparece el desencanto: el tiempo sobra, los ingresos bajan, los vínculos laborales desaparecen. Es allí donde pueden surgir la depresión, la sensación de inutilidad o la pérdida de sentido.
El desencanto y la reorientación
—¿Ese desencanto es inevitable?
—No necesariamente. Depende mucho de cómo se haya preparado la persona y de los recursos que tenga para reorganizar su vida. Después del desencanto puede venir una etapa de reorientación más realista, donde se construye un nuevo equilibrio. El problema es cuando no se logra salir de roles negativos: sentirse enfermo, pasivo, dependiente o “sobrante” dentro de la familia.
—¿Qué desafíos concretos enfrenta una persona al jubilarse?
—Son múltiples. Hay una reducción significativa de los ingresos, cambios en la dinámica familiar, redefinición del rol social, mayor riesgo de aislamiento y el avance natural de problemas de salud. Todo esto exige una reestructuración profunda del proyecto de vida.
Programas de preparación: prevención y calidad de vida
—En ese contexto, ¿qué rol cumplen los programas de preparación para la jubilación?
—Cumplen un rol preventivo fundamental. Ayudan a transitar el proceso con mayor conciencia, brindan herramientas para adaptarse al nuevo estatus y compensan la pérdida del rol laboral. Está demostrado que quienes participan en estos programas logran mejor calidad de vida, mayor participación social y mejor salud física y emocional.
—¿Qué deberían incluir estos programas para ser realmente efectivos?
—Deben ser integrales. Incluir educación financiera, aspectos legales, salud, vivienda, actividad física adaptada, recreación, vínculos sociales, voluntariado y actividades intergeneracionales. También es clave el acompañamiento psicológico y la posibilidad de seguir trabajando, si la persona lo desea, en formatos flexibles y dignos.
“Sentirse útil” como pilar de la identidad
—Usted menciona con frecuencia el valor de “sentirse útil”. ¿Por qué es tan determinante?
—Porque la utilidad social es un pilar de la identidad. Cuando una persona deja de sentirse necesaria, su autoestima se resiente. El voluntariado, el trabajo parcial, la transmisión de saberes o la participación comunitaria permiten sostener ese sentido de pertenencia y valor.
—¿Quiénes deberían involucrarse en la preparación para la jubilación?
—Todos. El Estado, las empresas, los sindicatos, las cajas jubilatorias y también los propios trabajadores. Es una responsabilidad compartida. Invertir en una buena preparación reduce costos sanitarios, mejora la autonomía y garantiza una vejez más activa y digna.
Un mensaje para quienes están próximos a jubilarse
—Para cerrar, ¿qué mensaje le daría a quienes están próximos a jubilarse?
—Que no vean la jubilación como un final, sino como un proceso continuo que merece ser pensado y planificado. Prepararse no es resignarse a envejecer, es darse la oportunidad de vivir mejor una etapa que puede ser tan plena y significativa como cualquier otra.