Política

Los miedos del represor Constanzo y la verdad que todavía falta revelar

El represor Eduardo Tucu Constanzo habló porque tiene miedo. Una emoción primaria que, según la definición académica, suele provocar la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. La misma manifestada por aquellos que sintieron sus manos durante los años de plomo.

Domingo 13 de Enero de 2008

El represor Eduardo Tucu Constanzo habló porque tiene miedo. Una emoción primaria que, según la definición académica, suele provocar la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. La misma manifestada por aquellos que sintieron sus manos durante los años de plomo.
   Pese al impacto público de las expresiones radiales del procesado ex agente de Inteligencia del Ejército, que será sometido (junto a otros imputados) a juicio oral por la causa Quinta de Funes, Constanzo no dijo nada distinto a lo que consta en los Tribunales Federales de bulevar Oroño al 900.

Motivos. El represor no quiere ir a una cárcel común, una posibilidad adelantada por el Tribunal Oral Federal 1 de Rosario para evitar una probable una fuga. Y hay razones, tanto esgrimidas y como veladas por Constanzo. No perder el beneficio del arresto domiciliario por enfermedad, según él mismo destaca, es una.
La otra es su temor a ser asesinado frente a lo ocurrido con Héctor Febres, el represor de la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) que murió envenenado en la delegación Delta bonaerense de Prefectura, lugar donde paradójicamente purgaba un privilegiado arresto antes del juicio en puerta.
   Todos aquellos ligados —de algún modo u otro— al expediente ya estaban al tanto: Constanzo había sido amenazado en su momento por algunos de los que supieron acompañarlo (y que también van rumbo al juicio) cuando los grupos de tareas pululaban en la órbita del II Cuerpo de Ejército.
“El Tucu se quiere llevar puesta a la mayor cantidad de personas posible”, graficaron desde las querellas. Constanzo, en sus declaraciones judiciales y públicas, no dudó en desgranar la lista de viejos compañeros aún en libertad, algunos de los cuales siguen desandando con parsimonia la peatonal Córdoba. Además, certificó sus responsabilidades.
Incluso el 28 de abril de 2006 fue más allá: provocó, por intermedio de sus hijos, la detención de Walter Pagano a la salida de la iglesia ubicada en San Luis y Oroño, a escasos metros del mismo tribunal que había ordenado su captura y en las propias narices de las fuerzas de seguridad que, hasta ese momento, no lo encontraban.
“No son mis viejos compañeros sino los que perpetraron los crímenes, porque no los cometí. Yo estaba viendo lo que hacían, aunque los que apretaron el gatillo fueron ellos”, se ataja el Tucu.
   Como salvoconducto, Constanzo reitera que tiene más cosas por denunciar. “Antes eran el lobo feroz y ahora quieren aparecer como Caperucita Roja”, alude a sus pares. Pero él tampoco es una niña de rojo y con una cesta.

Acción y omisión. Los organismos defensores de los derechos humanos refrescan la memoria: “No reveló nada distinto a lo que figura en el expediente, que igualmente es valioso”.
   Aunque nadie cree que no haya matado. Y omitió su participación en el Operativo Independencia en Tucumán.
   También es cierto que datos aportados por Constanzo no fueron tenidos en cuenta por una Justicia caracterizada por tiempos contrapuestos a las expectativas y con un irresoluto déficit estructural.

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