Política

Kirchner, el presidente sorpresa que marcó una era en la Argentina

El martes se cumplen diez años de la muerte del ex presidente, una figura clave en la reconstrucción post crisis de 2001

Domingo 25 de Octubre de 2020

Dentro de dos días el peronismo vivirá una jornada agridulce. La alegría por el primer aniversario del triunfo del Frente de Todos convivirá con el recuerdo del shock de la muerte de Néstor Kirchner.

El último gran jefe del peronismo nació el 25 de febrero de 1950 en Río Gallegos y murió a 305 kilómetros de allí, en El Calafate, el 27 de octubre de 2010. Estudió Derecho en La Plata, donde conoció a su compañera de vida y socia política, Cristina Fernández. Con la llegada de la dictadura la pareja hizo un doble repliegue: geográfico y político. De la capital bonaerense al sur, de la militancia peronista a la actividad privada. A partir de de 1983 los Kirchner empezaron su larga marcha hacia el poder. Hubo dos escalas: la intendencia de Río Gallegos y la gobernación de Santa Cruz.

El camino de Néstor fue de la periferia al centro. Supo leer hacia dónde soplaban los vientos políticos del momento. También reinventarse. Diez años después que él, Jorge Bergoglio siguió una hoja de ruta similar.

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Para la politóloga Lourdes Lodi el factor clave del período de protagonismo nacional de Kirchner es la sorpresa. Fueron inesperadas tanto su llegada a la Casa Rosada y sus políticas como su muerte.

“El asume con 22 por ciento de los votos _recuerda la directora del Observatorio Político Electoral de la UNR_. Es una legitimidad de origen muy baja, que lo obliga a legitimarse en el ejercicio y a garantizar la gobernabilidad en un escenario que era social y políticamente todavía muy frágil. A partir de ahí empezó a construir poder a partir de políticas colmadas de un simbolismo muy fuerte”.

En este camino Kirchner descabezó la cúpula de las fuerzas armadas y ubicó adversarios rechazados por la opinión pública, como la Corte Suprema y las empresas de servicios públicos.

De acuerdo al sociólogo Gabriel Puricelli Kirchner es el presidente que viene a completar la tarea de reivindicación de los derechos humanos que inicia Raúl Alfonsín en 1983 y quien vuelve a poner en el centro de la agenda política la justicia social, después del interregno menemista.

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En la misma línea, el politólogo Marcelo Leiras destacó dos características de la Presidencia de Kirchner. Por un lado, la extensión de las redes de protección social. Por el otro, y la que a su entender es la más importante, es la recuperación de la vocación de intervenir en la dirección de la economía desde el Estado.

“Kirchner recibió una mala herencia pero con buena tendencia, Duhalde y Lavagna mediante”, afirma el politólogo Andrés Malamud. Y agrega: “A eso se sumaron las mejores condiciones internacionales en un siglo, que generaron una década de estabilidad política y redistribución económica en toda la región. Sobre esa base, Kirchner intentó modelar un nuevo sistema de partidos pero terminó reconstruyendo el anterior”.

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Lo cierto es que desde el vértice del poder el santacruceño impuso un liderazgo particular. En buena medida, se construía en contraste con la conducción (es un decir) de Fernando De la Rúa. Frente a la pasividad y la distancia del radical autoeyectado en 2001, Kirchner ofrecía hiperactividad y cercanía.

Puricelli define el liderazgo nestorista como hiperpresidencialista, con un estilo de conducción radial y muy poco colegiado. “Fue un líder con gran capacidad de entender el pulso de la opinión pública, en una fase posterior al «que se vayan todos» de institucionalidad débil y de volatilidad de las identidades y apoyos políticos _remarca el vicepresidente del centro de estudios Laboratorio de Políticas Públicas_. Reconstruyó la coalición de la renovación peronista, recuperando lo que Carlos Menem había perdido por izquierda, sumando radicales con la llamada transversalidad y sin perder nada de lo que el riojano había tenido como apoyo. Fue un líder estadocéntrico para quien lo fiscal fue una obsesión y una herramienta para la sustentabilidad y para el disciplinamiento de actores subnacionales”.

Para Malamud, Kirchner construía mediante incentivos: palo y zanahoria, redenominados látigo y chequera. “A esos incentivos «duros» les agregaba su trato personal, que podía ser muy seductor. Ya fallecido, Cristina desecharía el trato personal y lo substituiría por carisma de masas”, analiza.

Una pérdida clave

Precisamente, el fallecimiento de Kirchner, justo el día del censo 2010, golpeó al oficialismo en varios niveles. No sólo eso: el tablero político perdió una de sus piezas principales.

“La muerte de Néstor significó la desaparición del jefe político del kirchnerismo _subraya Leiras_. Néstor y Cristina habían sido una sociedad política, y con la muerte de Kirchner esa sociedad quedó muy debilitada. Cristina tuvo que suplir lo que Néstor aportaba, incluso elaborar el fallecimiento de su compañero”.

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Tras la muerte de Néstor, Cristina se erigió en la líder única del espacio y se abrió una etapa nueva para la coalición. Impulsada por la vertiginosa recuperación económica tras la crisis de 2008-2009 y una serie de medidas como la estatización de Aerolíneas Argentina y de las jubilaciones _y favorecida por la dispersión del no peronismo_ Cristina logró en 2011 su reelección. El fallecimiento de Kirchner inyectó épica a ese proceso.

Fue durante el cristinismo que Alberto Fernández salió del gobierno y transitó once años por el llano. En ese camino acompañó a otros disidentes del kirchnerismo, como Sergio Massa y Florencio Randazzo.

Sin embargo, la arquitectura electoral que diseñó CFK el año pasado lo puso a él, que siempre fue un político de tras bambalinas, en el centro de la escena. Como Néstor, otro presidente inesperado.

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Desde diciembre Fernández hace malabares con el combo explosivo de recesión y deuda, al que se sumó en marzo la pandemia. En su discurso las principales _y casi únicas_ referencias históricas son Alfonsín y el primer capítulo kirchnerista.

¿Hay algo de la impronta de la experiencia en que Alberto Fernández fue jefe de Gabinete?

“Alberto Fernández se encontró, al igual que Néstor Kirchner, frente a la obligación de reordenar el frente de la deuda _compara Puricelli_. La insistencia de Martín Guzmán en buscar un sendero fiscal sustentable trae un eco también de aquel gobierno. Sin embargo, el estilo de liderazgo colegial y la naturaleza coalicional del gobierno actual no tiene mucho parecido de familia con el del 2003, aunque Alberto tenga (no hay duda) al «nestorismo» como inspiración o aspiración”.

“Quizás Alberto haya querido reproducir algo de ese primer kirchnerismo que fue esperanzador y unificador. Si tuvo esa intención la coyuntura y los actores que lo rodean no le permitieron seguir ese rumbo”, plantea Lodi.

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