Elecciones 2019

El derrumbe del socialismo, último acto

El resultado no sorprendió. El respaldo a este partido se venía desinflando comicios tras comicios.

Lunes 17 de Junio de 2019

Qué sería de la política sin la fotografía, sin la imagen que resume todo. La instantánea de anoche de los máximos dirigentes del socialismo con sus rostros desfigurados lo decía todo. La catástrofe electoral impactó de lleno en ese partido y los daños son a esta hora incuantificables. Pero el resultado, en verdad, no sorprendió a nadie. Estaba entre las posibilidades ciertas. Los votantes habían avisado en los últimos años. El respaldo al socialismo se venía desinflando elección tras elección. Se acumulaban las señales de que el final del largo ciclo político de gobiernos socialistas era inminente por su declinante popularidad. Ya en 2015 había ganado la Gobernación y la Municipalidad de Rosario por escasos votos esquivando por muy poco la debacle.

Y luego comenzó sin pausa un descenso en cascada: en las legislativas de 2017 la pérdida de confianza de la gente fue significativa, en las Paso del último 28 de abril el socialismo se quedó por primera vez en 30 años sin candidato a intendente propio en Rosario y ayer la derrota en las urnas en la provincia le puso un cierre a esta era política. ¿Pero qué pasó para que un partido que venía gobernando Rosario hace 30 años y la provincia 12 años caiga en la lona por nocaut, pese a los miles de metros cúbicos de hormigón en obra pública con el que pretendió recuperar en los últimos años la estima de los ciudadanos? ¿Por qué los votantes no respaldaron la continuidad de los gobernantes socialistas en la provincia y Rosario? ¿Será que el supuesto paraíso que se podría perder si no gobierna el socialismo no sea tal o no esté en riesgo? ¿Será que la gente no les creyó?

Las elecciones las ganan o las pierden los oficialismos. Cuando se disputan cargos ejecutivos los comicios funcionan como virtuales plebiscitos de la gestión. Así, puede imponerse el voto respaldo para ratificar la confianza en el oficialismo o el voto bronca para expresar el enojo de la ciudadanía con el estado de cosas. Por eso, ante la pregunta de si ayer perdió el candidato a gobernador o el proyecto, la respuesta es ambos.

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El ciclo socialista tuvo su apogeo, declinación y fin. Se inició con el triunfo sorpresivo de Héctor Cavallero en los comicios a intendente de Rosario en 1989 y ahora culminará el próximo 10 de diciembre tras la derrota de ayer en la provincia. La victoria del Frente Progresista en la Intendencia de Rosario de la mano del aliado Pablo Javkin fue pírrica para el socialismo porque éste dejó previamente en el camino de las Paso a la candidata de su fuerza (Verónica Irizar). Esto significa que el socialismo no sólo pierde la provincia, sino también la conducción de la ciudad que era hasta ahora su feudo electoral (los políticos son maestros en vender derrotas como triunfos). Es tan así, que seguramente Javkin cuando asuma la Intendencia reconfigurará la distribución de poder dentro de la coalición gobernante que hasta ahora venía siendo hegemonizada por el socialismo. Datos que abonan este pronóstico: 1) varios sectores del radicalismo que habían abandonado el Frente Progresista apoyaron su candidatura en el tramo final de la campaña. 2) Uno de los actos masivos y más emotivos que tuvo Javkin (de militancia radical) durante la campaña se dio en el comité departamental de la UCR, donde fue vivado como un rockstar mientras levantaba un cuadro de Alfonsín que le habían obsequiado.

Al ciclo socialista en la ciudad y provincia hay que comprenderlo tanto en sus ascensos como en sus descensos. Sus gobiernos han protagonizado gestas notables, como políticas decepcionantes. Desde sus inicios el socialismo caló hondo en Rosario. Llevó adelante una gestión vanguardista en lo social, urbanístico, cultural y en general en el manejo de la cosa pública. Cargó de sentido a su gestión y generó grandes transformaciones en la ciudad. La política de salud pública y la revalorización de los espacios públicos fueron sus caballitos de batalla. Pero con los años todos estos logros pasaron a constituir parte del contrato social con la sociedad que va más allá del partido que gobierne.

A partir de la llegada del partido de la rosa al gobierno santafesino en 2007 comenzó el lento declive del socialismo en Rosario, paradójicamente la ciudad que mayoritariamente lo había respaldado para llegar a la Casa Gris. Pese a que Rosario aspiraba a beneficiarse de un gobierno provincial socialista, tanto en las gestiones de Binner como la de Bonfatti se privilegió la realización de obras en la ciudad de Santa Fe con la intención de conquistar ese electorado en detrimento de Rosario, confiado el socialismo que nadie podía desafiar su hegemonía en esta última ciudad. Esto recién comenzó a revertirse con el gobierno de Lifschitz tras los sustos electorales. Pero no alcanzó: ayer Perotti le sacó casi siete puntos a Bonfatti en Rosario, otrora bastión electoral del socialismo.

Pero si bien la derrota electoral de ayer no es monocausal, el fuerte deterioro de la seguridad durante los gobiernos provinciales socialistas, con niveles de violencia nunca antes vistos, se transformó en el elemento esencial para entender por qué perdió su capacidad de construcción hegemónica. El tema no habría tenido tanto peso político si el socialismo lo hubiera sabido enfrentar a tiempo y no dar la sensación de que se terminó ocupando por la presión de los ciudadanos.

Para colmo Bonfatti no era el candidato indicado para enfrentar este delicado asunto en la campaña electoral, que previsiblemente se transformó en medular. Durante su gestión del 2011 al 2015 se registraron los peores índices de homicidios de la provincia, con asesinatos que tuvieron altísimo impacto en el orden público. Sobre el tema seguridad y narcocriminalidad el socialismo le debe muchas respuestas a la sociedad para explicar por qué durante sus gobiernos se degradó la situación, y justamente se las tenía que dar en esta campaña. En cualquier caso el tema se volvió central ya que sobre este déficit de gestión se fue generando un vacío a partir del cual la oposición desplegó su estrategia. Perotti terminó ganando las elecciones machacando casi exclusivamente con el eslogan "Ahora la paz y el orden". Pero los dardos furiosamente envenenados vinieron desde Cambiemos: Carrió repitió en cada visita de campaña que realizó a la provincia para apoyar a José Corral que "votar a Bonfatti es votar a Los Monos", "el que vota a Bonfatti vota al narco". Pero Carrió, como acostumbra, nunca acompañó esta afirmación con una denuncia judicial, nunca de una prueba. De todos modos, es insondable qué impacto tuvieron en la candidatura del socialista estos misiles de la líder de la Coalición Cívica.

En la derrota electoral del socialismo tampoco hay que invisibilizar otros elementos. Es muy probable que la gente se haya también cansado de ver a los mismos políticos en los diarios y noticieros de TV durante tanto tiempo. Treinta años en la ciudad y doce en la provincia son muchos. Hay algo de eso también. Además, el desgaste propio de tantos años de gestión se viene manifestando en la fatiga que se percibe en una parte de la tropa de funcionarios y militantes socialistas, muchos de ellos aburguesados en sus puestos públicos. La alternancia en el poder también es saludable para la democracia y para evitar que se enquiste en el Estado una burocracia militante.

La tensa interna partidaria entre Lifschitz y Bonfatti tampoco jugó a favor de las chances electorales del socialismo. Ocho años después del retiro de la vida partidaria de Hermes Binner, máximo referente indiscutido, el partido vive bajo un liderazgo doble. Por lo bajo siempre hubo pases de facturas, señalamientos y reproches entre los sectores que encabezan Lifschitz y Bonfatti. Este no era el mejor clima interno para encarar las cruciales elecciones de ayer. A tal extremo llegó la puja, que Bonfatti no nombró ni una sola vez al gobernador Lifschitz durante su exposición en el debate televisivo de los candidatos, y ni siquiera anoche se mostraron juntos.

La seguidilla de victorias peronistas en las provincias que anticiparon los comicios santafesinos contribuyó también a la derrota del socialismo. La ola peronista alimentó la campaña de Perotti y su triunfalismo, ya que hay una creciente parte de la sociedad que entiende que Santa Fe no puede estar aislada, tiene que ir a un gobierno provincial que esté asociado a un modelo nacional. La cada vez más estrecha avenida del medio (esa que ahora está representada por la fórmula Lavagna y el peronista conservador Urtubey) no resultó ser el mejor lugar para pelear esta elección en los tiempos que corren. La frase de Bonfatti en medio de la campaña señalando que en un posible ballottage entre Cristina y Macri votaría en blanco evidentemente no le sumó ningún voto, ni de un lado ni del otro. Ante esa pregunta periodística Bonfatti perdió una gran oportunidad de quedarse callado esquivando la respuesta.

Todo esto muestra algunos elementos que han ido deconstruyendo el acuerdo de confiabilidad del socialismo con la sociedad santafesina, principalmente en Rosario. Fue como un largo divorcio de una pareja que va y viene, pero que no puede encontrar una salida y termina un día en una ruptura definitiva.

Los resultados de los comicios de ayer rediseñarán el mapa político de la provincia. Es que este duro mazazo electoral es un verdadero tsunami para el socialismo. Hace que todo lo sólido que tenía hasta ahora esta fuerza política se desvanezca en el aire. Todo es tierra arrasada en este partido, y su recuperación llevará tiempo. La magnitud de la crisis que se inicia en el socialismo es impredecible. Deberá enfrentarse a una cruda realidad que seguramente será dolorosa y perturbadora.

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