Entrevista

"Cuando se pone a hablar a la sociedad del número de desaparecidos no hay vuelta atrás"

Para la socióloga Paula Canelo con la dictadura de 1976 se inicia "un proceso imparable de individualización de los argentinos, una ruptura de las solidaridades colectivas"

Miércoles 24 de Marzo de 2021

Paula Canelo | Bio | Socióloga. Investigadora independiente del Conicet, profesora adjunta de la carrera de Sociología de la UBA y directora del Observatorio de las Elites del Citra. Publicó los libros El proceso en su laberinto, La política secreta de la última dictadura argentina y ¿Cambiamos?

Para la socióloga Paula Canelo la última dictadura militar marca un punto de inflexión en la historia argentina. A partir del 24 de marzo de 1976, sostiene, se inicia “un proceso imparable de individualización de los argentinos, una ruptura de las solidaridades colectivas, de las formas de entenderse como comunidad”.

En diálogo con La Capital, la investigadora del Conicet y docente de la UBA plantea las diferencias del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional con las dictaduras anteriores desde 1930, analiza los éxitos y los fracasos de la junta encabezada por Videla, Massera y Agosti y alerta sobre el resquebrajamiento de los consensos construidos post 1983. “Cuando se pone a hablar a toda la sociedad de la legitimidad de los organismos de derechos humanos o del número de desaparecidos no hay vuelta atrás”, advierte.

—El debate sobre cuáles fueron los motivos del golpe atraviesan a las ciencias sociales desde los años ‘80, ¿Cuál es su interpretación?

—Hay dos formas básicas de interpretar la dictadura, que tienen gran aceptación en el mundo académico y el sentido común. La primera sostiene que para entenderla es más importante analizar a los civiles que participaron del golpe que a las Fuerzas Armadas. Por ejemplo, se plantea que es más importante entender los vínculos de Jaime Perriaux, el conocido teórico intelectual liberal amigo de Martínez de Hoz, que la figura de Galtieri. Por el otro lado, hay una mirada más economicista, que fue muy poderosa en las postrimerías de la dictadura. Esta visión sostiene que la alianza cívico-militar que lleva adelante el golpe del ‘76 se propone llevar adelante todas las medidas que sean necesarias para implantar un nuevo modelo de acumulación; es decir, que los objetivos represivos y políticos de la dictadura quedan subordinados a los objetivos económicos. En realidad, esto tiene mucho que ver con la forma en la que se fue configurando el campo de estudios en la primera mitad de los ‘80, cuando se superponen dos agendas: la política y la intelectual. Por otro lado, en los ‘90 hubo una hibernación de los estudios sobre la dictadura, de la mano de la hibernación de la cuestión de los derechos humanos. Luego, en los 2000, de la mano de los gobiernos kirchneristas y de la reactivación de los juicios aparece una especie de explosión, de diversificación de temas.

—¿Qué distingue al golpe de 1976 de los anteriores del siglo XX?

—Las diferencias son dos. La primera es que la del ‘76 es la más militarizada de todas, tanto cuantitativa como cualitativamente. Hay una mayor cantidad de militares en actividad y retirados de las tres fuerzas ocupando los más altos cargos del gobierno con estas reglas de distribución de poderes que se dictaron a sí mismos, que es la primacía de la junta sobre el presidente y el reparto tripartito del poder. Los militares ocupan los lugares con mayor poder de decisión, influencia y margen de maniobra, y hay espacios de poder que no dejan nunca, como el ministerio del Interior. La segunda diferencia es que por primera vez en la historia argentina se involucran las tres fuerzas en el ejercicio del gobierno: desde el ‘30 en adelante había sido siempre el Ejército el arma que había llevado adelante la conspiración, las alianzas y la ejecución del golpe. A partir de la década del ‘60, con la doctrina de seguridad nacional, que promovía la incorporación de las fuerzas armadas en el ejercicio de gobierno, no sólo como tutela de los civiles, se ve un aumento de la pauta intervencionista. El período 1966-1976 es un largo proceso de aprendizaje de las fuerzas armadas en el ejercicio del poder que van a hacer a partir de 1976. Serán otras figuras, no son los mismos militares, pero la Revolución Argentina fue el semillero.

—Se tiende a pensar la dictadura como un bloque homogéneo, ¿Cuáles eran las tensiones internas y objetivos propios? Por ejemplo, el proyecto presidencial de Massera.

—Más allá de los rasgos individuales y que Massera es una personalidad muy fuerte, muy influyente, no hay que olvidarse el análisis institucional. Lo importante es que por primera vez la Armada ve la posibilidad de disputarle poder al Ejército, y eso lo hace de principio a fin, no sólo durante los años de Massera, que fue comandante en jefe y miembro de la junta hasta el año ‘79. Lo se ve en las actas de las juntas, el corpus que se encontró en el edificio Cóndor en 2013, es la actitud permanente de sabotaje de la Armada a las iniciativas del Ejército y el intento de la Fuerza Aérea de equilibrar. El problema es que esta situación de conflicto de poder en el orden más alto de la dictadura al estar balcanizado el Estado se traslada hacia abajo una especie de catarata de todos los conflictos de la junta. De esta forma se va configurando toda una estructura y una forma de tomar decisiones que hace que muchos de los objetivos iniciales de la dictadura, que fueron extremadamente ambiciosos, empiecen a fracasar.

—¿En qué aspectos tuvo éxito la dictadura y en cuáles fracasó?

—Creo que efectivamente logró su objetivo de máxima, que era lograr cambios irreversibles. Por ejemplo, transformó realmente los agentes económicos que habían protagonizado la conflictividad previa al ‘76: los sindicatos, los empresarios y también el Estado interventor. Esto no necesariamente fue producto de la acción de una mente maquiavélica que se propuso algo al principio y lo logró. Martínez de Hoz avanzó por donde lo dejaron, y si bien logró su objetivo de cambiarle la cara a la economía argentina también tuvo que abandonar un montón de objetivos intermedios, por los obstáculos que le presentaban las otras fuerzas. Además, el terrorismo de Estado dejó transformaciones muy profundas en el tejido social argentino y marcó el inicio de un proceso imparable de individualización de los argentinos, una ruptura de las solidaridades colectivas, de las formas de entenderse como comunidad. Es un proceso que claramente se da claramente en todo el mundo, pero que en la Argentina va a reaparecer en distintos momentos en décadas posteriores: primero con el menemismo y luego con el kirchnerismo, lo que lleva a la consolidación de un partido de derecha con potencia nacional, el actual Juntos por el Cambio. Descartadas las Fuerzas Armadas como alternativa de gobierno, las derechas argentinas tuvieron que comenzar a educarse en democracia. Muchos de los valores que en algún momento defendieron las Fuerzas Armadas son expresados a través de una fuerza que aprendió a ganar elecciones y a gobernar el país.

—Hay en el mundo y en la Argentina un proceso de radicalización de las derechas, incluso el regreso de un lenguaje de la Guerra Fría. ¿Ve margen para que crezcan proyectos autoritarios? ¿Se están resquebrajando los consensos democráticos post 1983?

—En el caso de Macri, y también Bolsonaro, las derechas vienen a abrirle la puerta a valores, demandas e intereses sociales que en el pasado creíamos minoritarios. Creíamos que esta memoria social sobre la experiencia argentina en la historia reciente formaban parte de lo que Lorenzetti llamó el contrato social de los argentinos, algo que no se iba a modificar. Nos olvidamos de que todo ese consenso no fue dado por la naturaleza sino el resultado de luchas políticas feroces, compromisos políticos y demandas sociales. Después de gobiernos como los kirchneristas que incorporaron estas demandas a su agenda la derecha comenzó a abrirle la puerta a memorias que se manifestaban en la periferia del escenario político, como las organizaciones cívico-militares de defensa de militares enjuiciados. Hay que prestarle mucha atención a esto, porque cuando se pone a hablar a toda la sociedad de la legitimidad de los organismos de derechos humanos o del número de desaparecidos no hay vuelta atrás: es momento de hacerse nuevas preguntas, no abroquelarse. Por ejemplo, no defender la violación de derechos humanos en algunas provincias argentinas. Hay que aprender lo que nos enseñaron los organismos: la argumentación, la construcción, la lucha política, la defensa de determinados valores. Las derechas traen un nuevo desafío, hay que ponerse a laburar de vuelta.

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