En los últimos años se ha vuelto visible un fenómeno en el que adolescentes se asumen como "therians", es decir, se identifican subjetivamente con animales como perros, gatos, zorros u otras especies. Resulta interesante interrogar este acontecimiento y pienso en algunas puntas para poder hacerlo.
Desde el psicoanálisis entendemos que toda manifestación subjetiva es, ante todo, un modo de decir algo acerca del malestar en la cultura y del lugar que cada sujeto intenta construir para sí. Sabemos además que la identidad no es un dato fijo ni natural, sino una construcción siempre en movimiento. El sujeto se constituye a partir de identificaciones que toma de figuras significativas, de discursos sociales y de imágenes culturales disponibles en su época.
En la adolescencia, momento lógico de reconfiguración identificatoria, estas búsquedas se intensifican: el cuerpo cambia, la sexualidad se resignifica y las certezas infantiles caen. En ese contexto, identificarse con un animal puede leerse como un intento de elaborar simbólicamente aquello que irrumpe como extraño o excesivo (goce). El animal, en el imaginario cultural, encarna cualidades específicas: lealtad, instinto, agilidad, ferocidad o ternura.
Asumirse como "therian" podría entonces funcionar como una metáfora viva que permite al adolescente nombrar rasgos que siente propios o que desearía hacer existir. No se trata necesariamente de una negación de la condición humana, sino de un recurso simbólico que ofrece consistencia a la experiencia subjetiva.
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También es posible pensar este fenómeno en relación con la caída de referentes tradicionales. Los adolescentes crecen en un escenario donde las figuras de autoridad, las narrativas estables y las instituciones presentan fisuras. Frente a ello, el sujeto puede buscar anclajes en comunidades virtuales que ofrecen pertenencia y reconocimiento. La identificación compartida ("soy como un perro", "soy como un gato") crea lazo social y produce un sentimiento de comunidad que amortigua la soledad contemporánea. El espacio digital tiene aquí un papel central.
Las redes sociales permiten la circulación de imágenes, relatos y estéticas que amplifican ciertas formas de auto-nombrarse. Lo que en otro tiempo podía quedar en el ámbito íntimo hoy encuentra eco y validación colectiva. Este espejo virtual multiplica identificaciones posibles y, al mismo tiempo, intensifica la pregunta por quién se es.
Desde una lectura clínica, resulta fundamental no patologizar de inmediato estas expresiones. El psicoanálisis invita a escuchar qué función cumple esa identificación para cada sujeto en particular. ¿Es un juego? ¿Es una metáfora que organiza la angustia? ¿Es una defensa frente a exigencias sociales vividas como invasivas? La respuesta no puede ser universal. Cada historia requiere ser alojada en su singularidad.
"Asumirse como therian podría entonces funcionar como una metáfora viva" "Asumirse como therian podría entonces funcionar como una metáfora viva"
Como fenómeno de época, la asunción de identidades animales puede pensarse como parte de una cultura que privilegia la imagen, la performatividad y la exploración identitaria. Vivimos en un tiempo donde las categorías se flexibilizan y las fronteras simbólicas se vuelven más porosas. En ese escenario, los jóvenes ensayan modos de nombrarse que desbordan clasificaciones previas. No es la primera vez que una generación inventa nuevos significantes para decirse; tal vez lo novedoso sea la velocidad con que estos significantes se expanden y se legitiman socialmente.
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En última instancia, este fenómeno nos confronta con una pregunta más amplia: ¿Qué lugar ofrecer para que los adolescentes transiten sus búsquedas sin quedar fijados en etiquetas? Acompañar no implica avalar sin límites ni rechazar de plano, sino sostener un espacio de palabra donde el adolescente pueda desplegar su experiencia y, eventualmente, transformarla. Quizás el desafío contemporáneo consista en tolerar la incertidumbre que estas nuevas formas de subjetivación despiertan. Se puede ver excentricidad, amenaza o proponer escuchar un intento de invención. Apuesto a que estas expresiones de la subjetividad de la época puedan tener un lugar para alojar aquello que se trata nombrar.
Por Andrea Bordignon Psicoanalista. Docente de la UNR