En los primeros días de 2026, la gestión económica de Javier Milei transita una etapa de contrastes intensos y decisiones delicadas. El Banco Central (BCRA) ha intensificado la acumulación de reservas internacionales, logrando compras netas que superan los u$s700 millones en apenas las primeras semanas de enero. Esa operatoria combina intervenciones directas en el segmento mayorista -respetando límites para no alterar excesivamente el flujo diario- con adquisiciones en bloque fuera del mercado visible habitual, captando ofertas grandes de manera discreta y eficiente.
Para contrarrestar el aumento de pesos que implica comprar divisas, se colocan instrumentos de cobertura como bonos ajustados por dólar oficial o contratos de futuros en condiciones competitivas, atrayendo a bancos, fondos y empresas a desprenderse de dólares mientras mantienen protección ante eventuales ajustes cambiarios. El objetivo para el año completo se proyecta entre u$s10.000 y 17.000 millones, alineado con la fase de remonetización que busca reconstruir la demanda de dinero en pesos sin desatar desequilibrios.
Ese enfoque permite sostener el dólar oficial cerca del piso de las bandas de flotación, con movimientos moderados y una brecha con cotizaciones paralelas contenida en niveles bajos. Las autoridades priorizan la estabilidad cambiaria por encima de otros ajustes de corto plazo: cualquier volatilidad en el tipo de cambio podría desencadenar rápidamente presiones inflacionarias, pérdida de confianza inversora y complicaciones en el financiamiento externo.
Por eso, incluso cuando implica tolerar tasas de interés elevadas o tensiones puntuales en el sistema bancario, el dólar sigue siendo la variable central que manda sobre el conjunto de la política macroeconómica.
Paradojas estructurales
Sin embargo, esos progresos en el frente externo conviven con paradojas estructurales que cuestionan la inclusividad del modelo. Sectores extractivos como minería y energía no convencional, junto con servicios turísticos y ciertas áreas de servicios, registran incrementos notorios en su nivel de actividad y contribuyen fuertemente al crecimiento económico. No obstante, el empleo formal privado acumula una destrucción neta superior a 20 mil puestos en los últimos dos años.
La expansión se concentra en actividades de alta productividad por trabajador, con procesos cada vez más automatizados o reconvertidos hacia modalidades de menor intensidad laboral. En paralelo, rubros tradicionalmente generadores de empleo masivo -como la construcción y la industria manufacturera- sufren las mayores pérdidas, impactados por la eliminación de obra pública, la apertura comercial acelerada y la apreciación relativa del tipo de cambio real que reduce competitividad en esos sectores.
Como resultado, parte significativa de la nueva ocupación se deriva hacia la informalidad, el cuentapropismo o formas precarias como delivery y emprendimientos individuales, limitando el derrame hacia el consumo masivo de los hogares y la recuperación del salario real promedio.
Esos contrastes se entrelazan con los principales desafíos que definirá el año: mantener la trayectoria descendente de la inflación pese a componentes estacionales, shocks externos o inercia remanente en precios; extender la reactivación económica a más sectores y, especialmente, al consumo de los hogares para evitar que la paciencia social se erosione ante una mejora que aún se percibe como concentrada; reducir el riesgo país en al menos cien puntos básicos para abrir acceso a financiamiento internacional en mejores condiciones y aliviar la presión sobre las reservas netas; robustecer el colchón de divisas y avanzar de forma gradual pero firme en la eliminación de las restricciones cambiarias pendientes que aún afectan a empresas y operaciones corrientes.
Además, el manejo fino de las tasas de interés y la liquidez resulta crucial para estabilizar la demanda de dinero, revertir la volatilidad reciente y consolidar confianza en los activos en pesos.
Una buena gestión económica en 2026 dependerá de la capacidad para coordinar con precisión esos frentes: política fiscal coherente, acumulación consistente de reservas, comunicación clara de políticas y adaptación a un contexto global incierto. Si se logra traducir el crecimiento sectorial en mejoras tangibles en el empleo formal, el poder adquisitivo y la distribución del ingreso -rompiendo el patrón actual de recuperación concentrada en pocos sectores y desigual en su impacto social-, se sentarán bases más sólidas para un ciclo virtuoso de mediano plazo. De lo contrario, las tensiones internas laborales, distributivas y de confianza podrían seguir restringiendo el margen de maniobra, perpetuando la subordinación de la economía argentina a la dinámica del dólar y limitando las posibilidades de una normalización más profunda y duradera.