Cada 24 de enero, las Naciones Unidas, integrada por los 193 Estados miembros, nos recuerda el Día Internacional de la Educación y nos invita a detenernos y volver a una certeza que, aunque repetida, sigue siendo urgente: la educación es un derecho humano fundamental, un bien público irrenunciable y una responsabilidad colectiva. No se trata solo de garantizar acceso sino de discutir qué educación tenemos, para quiénes y con qué sentidos construimos nuestras sociedades.
El lema propuesto este año por la Unesco es: “El poder de la juventud en la cocreación de la educación”. Es, claramente, una interpelación directa a los sistemas educativos que todavía funcionan desde lógicas adultocéntricas, verticales y poco permeables a las voces de niños, niñas y jóvenes.
Reconocer a las juventudes como cocreadoras implica dejar de pensarlas únicamente como destinatarias pasivas y asumirlas como protagonistas del presente, no solo del futuro.
Como señala Stefania Giannini, subdirectora general de Educación de la Unesco, los sistemas educativos se fortalecen cuando se diseñan junto a quienes los habitan. Las y los jóvenes no pueden seguir siendo observadores externos de decisiones que impactan de lleno en sus trayectorias vitales. Deben ser socios activos en la construcción del cambio educativo, en las escuelas, en las políticas nacionales y en los programas internacionales de desarrollo. El futuro, advierte, depende de ello.
La educación y el contexto global
El contexto global vuelve esta discusión aún más apremiante porque, hoy por hoy, aun hay 244 millones de niños y jóvenes que están fuera de la escuela y 771 millones de personas adultas que no saben leer ni escribir.
Son cifras que no solo describen desigualdades sino que denuncian derechos vulnerados. Sin una educación inclusiva, equitativa y de calidad, resulta imposible avanzar hacia la igualdad de género, el desarrollo sostenible o la ruptura de los ciclos de pobreza que se heredan de generación en generación.
La educación sigue siendo una de las herramientas más potentes para la inclusión social: habilita el acceso al trabajo, a estudios superiores, al desarrollo de habilidades para la vida cotidiana y, sobre todo, a la posibilidad de comprender el mundo para transformarlo. Pero también -y esto suele olvidarse- educar es acompañar el deseo de aprender y es generar condiciones para que el conocimiento sea una experiencia con sentido.
En tiempos de profundas transformaciones culturales, tecnológicas y sociales, se vuelve imprescindible volver a preguntarnos cómo son los jóvenes que educamos, qué enseñamos cuando enseñamos y cómo hacerlo en estas condiciones de época. No hay respuestas únicas, pero sí una certeza: no podemos seguir haciéndolo como si nada hubiera cambiado en las últimas décadas.
En contextos marcados por la desigualdad y el cambio permanente, la educación no puede limitarse a adaptarse, necesita animarse a transformar" En contextos marcados por la desigualdad y el cambio permanente, la educación no puede limitarse a adaptarse, necesita animarse a transformar"
Si aceptamos que las juventudes son cocreadoras de la educación, el desafío es profundo. No alcanza con habilitar espacios de participación simbólica ni con sumar sus voces a documentos que luego no modifican las prácticas. Escuchar de verdad implica revisar estructuras rígidas y formatos escolares que reclaman participación, pero que aún la escuela no le da lugar.
Eso supone abrir la institución educativa a experiencias donde los estudiantes investiguen problemas reales, formulen preguntas propias, participen en decisiones pedagógicas y construyan saberes relevantes. Y, sobre todo, reconocer que el aprendizaje acontece cuando hay palabras, cuando hay deseo y cuando la escuela deja de ser un espacio de mera transmisión para convertirse en un territorio de encuentro, de pensamiento crítico y creación colectiva.
En ese escenario, el rol docente se resignifica, se transforma en un mediador que acompaña, orienta y confía. Acompañar no es retirarse ni renunciar a la tarea pedagógica sino ejercerla desde una ética del cuidado, la escucha y la hospitalidad educativa.
Algo más que una efeméride
El Día Internacional de la Educación debería ser algo más que una efeméride para reafirmar consensos. Es una oportunidad para incomodarnos. Porque si aspiramos a sistemas educativos más justos, inclusivos y democráticos, necesitamos escuelas que puedan cambiar, políticas públicas que sostengan esos cambios y adultos dispuestos a aprender junto a las nuevas generaciones.
En contextos marcados por la desigualdad y el cambio permanente, la educación no puede limitarse a adaptarse, necesita animarse a transformar. Eso exige escuchar a las juventudes, revisar prácticas, redistribuir el poder pedagógico y asumir que nadie educa solo. El desafío está planteado. La pregunta ya no es si es posible cocrear la educación sino si estamos dispuestos a hacerlo.