A los siete años ya leía Mafalda. Digo leía porque para mi leer también era “leer los dibujitos”. Poco habré entendido de ese mundo convulsionado y monstruoso al que esa nena rara, contestataria y con intenciones de cambiarlo todo se dirigía. De esa nena que le hablaba e increpaba a un globo terráqueo dándole una vida como si fuera una persona. Eso me encantaba y esa mezcla de realidad y disparate fue comida rica para mis primeros acercamientos a la lectura. Mi mamá me compraba puntualmente todos los viernes en el kiosko de la esquina esas revistitas que yo atesoraba, disfrutando ver crecer esa pila en mi biblioteca. Eran en formato horizontal, blanco y negro y en papel de diario. Recuerdo que abría las hojas y las olía, mi hermanito me preguntaba por què hacía eso y yo le decía que porque me gustaba.



























