El horror y el espanto en primera persona. Esto es lo que Ana Evans, viuda de uno de los cinco rosarinos asesinados por el terrorista uzbeko Sayfullo Saipov en Nueva York, narra en una carta. Se trata de un relato a flor de piel, escrito tras haber atravesado jornadas de un juicio en el que se revivieron momentos traumáticos, de tolerar el odio y la ausencia de arrepentimiento, de ver el orgullo del asesino y soportarlo con profundo dolor.
Una corte de Nueva York, a través de un jurado de 12 ciudadanos, determinó que quien arrolló y mató a ocho personas el 31 de octubre de 2017 debe cumplir cadena perpetua. El abogado de Evans, en cambio, había pedido la pena de muerte, algo que finalmente no sucedió.
El jurado no logró la unanimidad requerida para poder aplicar la mayor pena que el sistema judicial habilitaba, por eso la Condena para el autor de la matanza sin remordimientos de personas inocentes será Cadena Perpetua.
Nada ni nadie puede volver el tiempo atrás, nada traerá a Hernán de regreso a casa como debería haber sido. La única persona que podría haberlo evitado decidiendo no hacerlo está orgulloso por la masacre que cometió.
De pronto un sistema judicial y un terrorista asesino que sobrevivió, posibilitó que un juicio se lleve a cabo, utilizando las herramientas de la ley para dar la batalla que me obligaron a pelear sin siquiera haberlo imaginado menos aún haberme preparado.
Fue un agónico y minucioso proceso que demandó más de 5 años y muchas, muchísimas noches sin dormir o pesadillas de las cuales solo quería despertar creyendo que todo era un mal sueño.
Durante el juicio sentí cosas verdaderamente extraordinarias, jamás vividas. Hoy tengo una angustia particular, una tristeza diferente. Escuché de todo, palabras de odio, rencor, violencia, no arrepentimiento y orgullo asesino. Tuve que soportar mucha impotencia. La finitud de la vida que nos desafía todo el tiempo para comprender. La paciencia que debo seguir desarrollando. Las emociones contenidas que debí obligar a quedarse ahí, no eran momentos para desbordarlas, como lo dijo el juez en reiteradas oportunidades, “si siente que no podrá, debe salir de la sala”.
Años de llorar en silencio, de recluirme, de meterme en mi cueva mental. Resistí, superé mis propias barreras, crucé mis limites, batí mis propios récords de agotamiento corporal. Hormonas desordenadas, erupciones en la piel, alergias, ahogos, ataques de pánico, insomnio, soledad y miedo.
La tremenda conjunción de tiempo y espacio que cambió nuestras vidas para siempre y nos sumergió en una nueva realidad desconocida y ajena pero tan real y cierta que modificó nuestros planes completamente.
A veces siento peligro por el futuro.
En la corte escuché barbaridades, un proceso que mayormente sentí muy injusto que expone a las victimas a más y más dolor, a más y más temor, a más y más incomprensión.
La familia del terrorista presente, sentados a tan sólo 2 metros de distancia de nosotros, de las familias que él destruyó. Tan instruidos estaban que casi no respiraban y a punto de hacer uso de un inmenso beneficio, dar testimonio en la corte para defender lo indefendible e intentar salvar su vida. Qué paradójico, ellos intentado salvarlo y él matando, arrancándole a los demás el derecho a vivir. El horror de sus crímenes reflejados en las imágenes que la fiscalía presentó. Los cuerpos sin vida tirados en la oscuridad y en la soledad de la noche reflejaban una misma y espantosa particularidad, una terrorífica forma que los hacia hablar por sí solo del horror de lo vivido en sus últimos instantes de vida. Posiciones irreproducibles, doblados, deformados y destrozados como si hubiesen sido invertebrados, todos sus huesos quebrados.
Es difícil, casi imposible describir las náuseas que me provocó ver a Saipov feliz de tener a su familia ahí; desbordaba sonrisa, hasta sus dientes ví, sus ojos brillaban de emoción, su alma quería saltar a abrazarlos, les levantaba el pulgar dando el ok de todo, estaba tan contento que giraba a verlos todo el tiempo mientras nosotros soportábamos heroicamente semejante barbaridad. Sólo puedo pensar en Hernán y en nuestros hijos, que nunca más pudieron cruzar miradas, ni gestos, ni sonrisas, ni señales de apoyo con su papá. Tan bien instruido esta el asesino que en cuanto entraba el jurado bajaba la cabeza, no levantaba más la vista, se acomodaba el pelo, se ponía los auriculares, los lentes y el barbijo para portarse bien, para mostrarse bueno cuando en su interior es el mismísimo demonio que disfruta del éxito de su misión.
Es igualmente increíble y aterrador el desastre que una sola persona puede ocasionar. Vidas destruidas, proyectos inconclusos, sueños truncos, deseos anulados, amores separados, vidas arrancadas, derechos arrebatados, besos y abrazos atrapados que causan dolor al alma, como una lanza que atraviesa el pecho y abre un hueco, hiriendo gravemente el corazón.
EL proceso judicial terminó. La defensa logró su cometido, su familia celebra. A veces me preguntó que será del futuro de los 3 hijos de este asesino, hoy niños que son además ciudadanos norteamericanos, de descendencia uzbeka y con un padre terrorista. ¡¿qué pesará en la conformidad de la personalidad? La genética?, el entorno? La crianza? Todo? Serán también orgullosos soldados del califato? Futuros asesinos? Tal vez. Por ahora son solo más preguntas sin respuestas.
Hemos llegado al fin de esta etapa, como una carrera de 1 millón de vueltas y acabamos de girar la 999.999. Llegué con el combustible justo, las cubiertas totalmente gastadas y un inmenso equipo en boxes que ha hecho el aguante más allá de todo; incondicional. Terminó la carrera, la que había que correr.
Muchas veces me he sentido como un barco. De a momentos un velero a la deriva, sin velas ni motor ni timón atravesando tempestades en bravos océanos y mares; otras veces me he sentido como un invencible acorazado abriendo camino en el frío y duro hielo pero a pleno sol; a veces soy un submarino que sumergido en las profundidades se traslada en absoluto silencio; otras veces como me siento un bote que flota en una tranquila laguna rodeada de inmensa y verde vegetación sin más que mis pulmones respirando profundamente. Mis hijos son mi motor, mi alma el timón, la brújula es mi corazón y nuestra fortaleza son las inmensas velas que nos llevaran a navegar nuevas aguas, llenándonos de aventuras con una bitácora repleta de emoción, rodeados siempre de mucho amor. Con el espíritu fortalecido y templado; honrando la vida, siguiendo con las pausas necesarias para disfrutar.
Vivirás por siempre en nuestros corazones. Descansa en paz amado Hernán. ♥
Justo sería que esto nunca hubiera sucedido.
Quizás tengamos paz, pero olvido jamás.
En memoria de Ariel Erlij, Hernán Ferruchi, Alejandro Pagnucco, Diego Angelini, Hernán Mendoza, Ann Laure Decadt, Nicolas Cleeves, Darren Drake y para todos los que nos han cambiado la vida.