En total, 387 personas respondieron a la convocatoria, de acuerdo a las estadísticas del sitio. La mayoría son costureras (casi seis de cada diez), en segundo lugar están las modistas (43%) y finalmente los sastres. Sus talleres están distribuidos en toda la geografía de la ciudad, aunque la mayor cantidad se concentre en dos distritos: el centro (con el 27%) y el sur (24%). Después siguen por orden decreciente el sudoeste, el noroeste, el norte y el oeste.
La mayoría de las personas que integran el mapa son mujeres y trabajan desde su casa. Muchas se desempeñaron en talleres de costura para marcas locales, un trabajo que generalmente fue mal pago y que últimamente se volvió también escaso.
Una realidad económica difícil
El proyecto incluye también a personas como María Eugenia, que se sumaron recientemente a la actividad. En su taller de Ovidio Lagos 32 bis, la mujer hace arreglo y customización de prendas, cambio de cierres, ruedos, confecciones a medida y disfraces. También tiene su propia marca, DJ, de ropa y accesorios.
"Si bien sé coser de toda mi vida, porque es un oficio que me enseñó mi abuela, hace poco que lo empecé como un emprendimiento laboral. Y es una ocupación que amo", cuenta sentada en el medio del taller que armó en su casa, lleno de hilos y telas de colores. "El trabajo _agrega_ viene con altibajos. La realidad económica no acompaña, las modistas tenemos más demanda porque la gente ya no compra tanta ropa y elige arreglarla, pero la demanda de confección es escasa".
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
En la lista número uno de los más pedidos están los ruedos, después viene la demanda de achicar o agrandar prendas. "Viene mucha gente que compra indumentaria en sitios internacionales, como Shein o Temu, con camperas o pantalones que pagaron muy baratos, aunque la costura, las telas o las terminaciones no son buenas y tenemos que hacer magia con eso", cuenta.
Los precios de los trabajos "son económicos, depende del tipo de arreglos van entre 7 mil y 10 mil pesos, porque si alguien viene a traer una prenda a arreglar es porque no se puede comprar otra", dice y destaca que tienen prioridad los uniformes de trabajo o escolares, porque son "cosas que se necesitan todos los días".
Sin costureras no hay ropa
"Las costureras son un eslabón importantísimo de la industria textil. Sin ellas no hay ropa", afirma Darío Ares, director de la escuela de diseño municipal. Justamente, señala, la idea de crear un mapa "fue sacarlas del ostracismo", ya que generalmente es un oficio que se aprende y de desarrolla puertas adentro. "Lo que queremos hacer es poner en valor ese trabajo y ayudar a generar redes, contactos", apunta.
En quince años de la escuela, apunta, muchas veces recibieron consultas sobre personas que estén capacitadas para hacer determinados trabajos, por ejemplo la confección de prendas para algunas disciplinas deportivas. "Ahora tenemos este mapa que pone en contacto a estas profesionales con sus posibles clientes", afirma.
Pero la propuesta va mucho más allá. En dos semanas se piensa hacer un encuentro _un "te de cosedoras", como lo llaman_ donde quienes forman el mapa puedan conocerse, acceder a un carné de beneficios para la compra de insumos en comercios que se sumaron a la propuesta, como Marroquinería Rosario, Poliboy y sedería Eiffel. También proponer capacitaciones para profesionalizar su tarea.
"El mundo de las costureras es muy diverso. Hay personas que hacen este trabajo de toda la vida, personas que trabajaban para talleres textiles y están desempleadas o personas con mucha especialización. Hay, por ejemplo, un chico que hizo sastrería en Italia, se especializó en corbatas, y ahora empezó a hacer arreglos, porque el oficio de sastre, está casi en extinción, no se trasmite ni tiene tanta demanda como tenía antes", relata.
Sastres, oficio en extinción
Dinorah Von Reth es la única que se presenta como sastre en el Mapa de las Cosedoras de Rosario. Tiene casi 30 años trabajando en la industria, siempre de manera independiente. En su atelier de Paraguay al 100 produce trajes a medida, a veces también hace arreglos y da clases. Esa multiplicidad de tareas, dice, es lo que le permite llegar a fin de mes; pero también un aporte "para que el oficio no perezca".
En los últimos años, cuenta, la confección de trajes se limita a un "público cerrado, casi siempre la misma clientela, que me conocen por el boca a boca. La gente que venía a hacerse un traje para un evento, un casamiento o una graduación, bajó un montón. Ahora se compran trajes más económicos o los alquilan", afirma.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
La confección de un traje puede demandar un mes de trabajo y cuesta entre 900 mil y dos millones de pesos, de acuerdo a la tela elegida. En el taller de Dinorah hay deliciosos catálogos de fábricas de Buenos Aires y también paños importados de Europa, cien por ciento fibra natural. "Mi trabajo empieza con un asesoramiento, un diagnóstico de color y de cortes, después elegimos los textiles. Es un servicio muy exclusivo. El que se hace un traje a medida, difícilmente compre uno en Shein", señala.
Formar parte del mapa de costureras es una forma de mantener con vida una tarea "que ya no hay mucha gente que haga", dice la sastre y pone como ejemplo su propia experiencia. "Mis abuelos eran sastres y fui mucho tiempo aprendiz de ellos. Cuando empecé por mi cuenta no veía factible dedicarme a esto en Rosario. Hice vestidos mucho tiempo, pero al final decidí jugármela por lo que más me gusta. Y si bien es una época complicada para todos los trabajadores de la industria textil, todavía puedo mantenerme", dice.
Números rojos
El mapa de las cosedoras surgió al mismo tiempo en que la industria textil atraviesa una crisis sin precedentes. Según advirtió esta semana el presidente de la Fundación Pro Tejer, Luciano Galfione, la actividad registra una caía interanual del 27 % y una utilización de la capacidad instalada que ronda el 30 % producto de la caída del consumo y el avance de las importaciones. El empresario advirtió sobre las consecuencias sociales que acarrea el cierre de unas 700 empresas del sector y la pérdida de más de 20 mil puestos de trabajo.
Lo mismo había señalado un informe de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (Fita) de principios de año. En febrero, de acuerdo al trabajo, la actividad textil registró una caída interanual de 33,2%, muy por debajo del retroceso de 8,7% de la industria en general.
Jimena San Vicente lleva diez años trabajando como costurera. En su taller tiene las máquinas industriales que heredó de su mamá que confeccionaba las prendas que vendían varias marcas de ropa. Ahora en su taller de zona sur, en Pasaje Vilazar 3041 (Buenos Aires al 3000) ofrece cambios de cierres, elásticos, arreglos de ropa y todo tipo de costuras.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
"Aprendí a coser con ella y cuando me quedé sin trabajo empecé a especializarme en este oficio, pero todavía no encontré ninguna marca que me garantice un continuo de trabajo. Así que me dedico a hacer arreglos, reformas, sublimación y estampado", cuenta y resalta que "cuando uno emprende un negocio, sobre todo en este momento tenés que hacer varias cosas para poder sostenerte".
El Mapa de las Cosedoras, dice, es una oportunidad para atraer nuevos clientes: "Últimamente estamos viendo que decayeron incluso los arreglos de ropa. Pero bueno, tenemos que seguir para adelante".