El Mundo

Una grosera simulación que fracasó por completo

En la actualidad, los procesos electorales de las democracias competitivas son el resultado de un sinfín de experiencias acumuladas en el extenso desarrollo histórico.

Martes 22 de Mayo de 2018

En la actualidad, los procesos electorales de las democracias competitivas son el resultado de un sinfín de experiencias acumuladas en el extenso desarrollo histórico. Aciertos y errores de los protagonistas, contextos de crisis o expansión, cambios culturales y económicos fueron modelando la forma en la que votamos. Hoy podemos medir el nivel de integridad de un proceso electoral. Las reglas de juego se fueron modificando y así como en algún momento imperaba el vale todo, luego, con el correr del tiempo, se avanzó hacia el fair play. En ninguna democracia desarrollada hay lugar para la trampa o el ventajismo.

A esto se le llama institucionalidad democrática. La experiencia marca que esta institucionalidad puede ser fuerte o débil pero lo que no puede pasar es que esté ausente. En Venezuela no hay institucionalidad democrática. Todo es un abuso y luego de décadas de desmantelamiento institucional ya no hay voluntad por parte del Estado/Gobierno (allí es la misma cosa) de hacer las elecciones como corresponde. Por eso el 20 de mayo hemos visto imágenes contradictorias. Se pretendía implementar una elección apegada a la regularidad técnica cuando en realidad cuenta los votos el propio Nicolás Maduro.

Los regímenes autoritarios por naturaleza no pueden hacer elecciones libres y limpias. Menos las pueden hacer cuando el contexto de rechazo popular es abrumador. Por lo tanto, simulan. Simulan que designan a las autoridades de mesa, que distribuyen el material de votación, que abren las mesas el día de votación, simulan que escrutan los votos y simulan al brindar los resultados. Simulan.

Las elecciones del 20 de mayo en Venezuela fueron elecciones sin garantía alguna. Como si la experiencia histórica no haya hecho ningún aporte a la hora de la promoción democrática.


Por lo tanto, carece de toda legitimidad. Son las elecciones realizadas por el capricho de un autócrata al que le queda poco tiempo porque ha cometido un grave error.
   La comunidad internacional democrática, la que realmente importa, ha dicho que no reconoce los resultados. La Unión Europea, la Secretaria General de la OEA y el Grupo Lima con Argentina a la cabeza le han dicho que no a este experimento que ahora se le vuelve en contra a su propio impulsor.
   Cuba y Corea del Norte, en parte Rusia, hacen elecciones irregulares para mostrarle a la comunidad internacional que tienen el control interno del país. Al flamante presidente de Cuba lo votaron 604 de 605 diputados, el líder supremo de Corea del Norte ganó con el 98% de los votos y Putin superó el 76%. Simulan elecciones para mostrar resultados contundentes. Nicolás Maduro creyó poder hacer lo mismo y no pudo, quedó expuesto.
   Creyó que con dos o tres candidatos "opositores" títeres podría hacer "la gran Putin". Pero esto no ocurrió. La mentira organizada algo de verosimilitud debe tener. Los centros de votación estaban vacíos, el chavismo se mostró desmovilizado, débil. Hasta el aparato de represión paraestatal estuvo poco activo. Los "colectivos" no pudieron desplegar toda su violencia y esto también es señal del inconformismo interno. Las elecciones de los autoritarismos muestran movilización y cohesión y Maduro no pudo lograr ningún objetivo en las elecciones diseñadas por el mismo. Un fracaso rotundo que abre un interrogante sobre su futuro inmediato.
    La oposición estaba proscripta. Pesaba una inhabilitación sobre Voluntad Popular, de Leopoldo López, y Primero Justicia, de Henrique Capriles. Este espacio fue rápidamente ocupado por sectores de la sociedad que decidieron tomar las riendas y pasar a un "abstencionismo activo". Este amplio sector de la sociedad, que en parte se encuentra en el país pero también fuera de él como consecuencia de la diáspora, ganó la elección del 20 de mayo. Maduro sale de esta elección más débil de lo que lo estaba y sin duda apelará al recurso que más lo seduce, el de la represión intensa. Pero no es lo mismo reprimir sintiéndose fuerte que reprimir en un nuevo contexto caracterizado por la debilidad y tensiones internas. La oposición tradicional que estaba golpeada ahora tiene la oportunidad de volverse a posicionar, pero deberá seguir el plan trazado por la sociedad. Menos connivencia con el régimen, un plan de movilización serio que aproveche la crisis del aturdido oficialismo. El ejemplo de Nicaragua parece imprimirle otro ritmo a la crisis de Venezuela y marca una tendencia: el retroceso irreversible de los populismos autoritarios en la región.


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