educación

La convivencia en las aulas en tiempos de distanciamiento social

El autor, ex director de escuela, sostiene que es tiempo de apostar a lo colectivo y solidario por sobre lo individual.

Sábado 27 de Febrero de 2021

El regreso a las aulas, paulatino, mesurado, controlado, signado por los protocolos necesarios, con las alternancias y variantes de la educación híbrida, nos impone sin dudas un gran desafío.

Me pregunto cuando vuelvan los más pequeños de cada nivel cómo harán lxs docentes y lxs niñxs para controlar el abrazo, el beso que tanto nos caracteriza a los argentinos, aunque luego nos terminemos peleando, discutiendo, enojando, distanciando por cualquier diferencia o motivo.

¿Cómo construir entonces una pedagogía en tiempos de distanciamiento social? Pues serán los tiempos donde deberemos (hasta estar seguros en cada burbuja, vacunación mediante y controles) sustituir el abrazo y el beso por la palabra y la mirada. Quizás sea el tiempo de devolver el valor y la calidez a la palabra, de mirarnos a los ojos y encontrar en esas miradas los sentimientos que queremos expresar.

¿Cuántas veces los docentes nos damos cuenta del estado de ánimo de lxs alumnos con solo mirarlos a los ojos, cuántas veces a partir del tono de su voz reconocemos como se sienten? Sin dudas somos especialistas en ello, sobre todo cuando en ese acto de escucha y de mirada ponemos nuestro amor como prioridad pedagógica.

El gran Paulo Freire en su pedagogía de la ternura nos decía entre otras cosas: “Tú no puedes enseñar a nadie a amar, tú tienes que amar”. Y de eso se trata, de educar amando, o de amar para educar, como más les guste. Y en ese amor se debe priorizar sobre todo el respeto a los niñxs, escucharlos para que nos escuchen.

“Mi voz no tiene sentido sin la voz del grupo”, decía Freire. ¿Cómo pensar una educación sin que circule la palabra en el aula? La educación es una obra de arte, y creo que allí en el arte debemos focalizar nuestro regreso a las aulas en esta “nueva normalidad”.

Han surgido interesantes e innovadoras propuestas pedagógicas para volver a “enamorar” a los niñxs de la escuela, recurriendo al uso de las TIC. Educación ubicua (ocurre en todo lugar y en todo momento), educación invertida (los alumnxs estudian y aprenden los contenidos fuera del aula y luego en forma presencial los comparten), por citar algunas. En ambas propuestas se nos interpela y se nos ofrece nuevos roles y desafíos. Los docentes ya no somos los “dueños del saber” , sino que somos guías. Y vuelvo a la pedagogía de la ternura: ¿Puedes guiar a alguien sin amor?

Estos nuevos desafíos nos deben permitir reflexionar, repensar, redefinir y reinventar una nueva educación. Y quizás esta educación híbrida (presencial y semi presencial) que se nos viene junto con el aislamiento en tiempos de pandemia, sea la oportunidad para que de a poco, sin prisa pero sin pausa, podamos desandar ese camino que vuelva a enamorar a los alumnxs de la escuela, que baje los índices de fracaso, de repitencia, de abandono escolar que tanto nos afecta.

Tiempos de presencialidad más escasos pero más ricos, sustanciosos, más cálidos, donde prime la convivencia, el amor, la ternura. Como cuando vemos o visitamos a amigos que hace tiempo que no vemos o a nuestros padres o hijos con los cuales ya no convivimos, ese tiempo —aunque menor en horas— es de una calidad mucho mayor que el que fuese si estuviésemos conviviendo juntos. Y algo de eso nos pasó en la escuela. De pronto, hace un año nos separamos físicamente de nuestros alumnxs. Tuvimos que recurrir a la tecnología para mantener el vínculo y a cientos de recursos más que solo mis colegas saben y vivenciaron. De alguna manera u otra el vínculo se mantuvo, en más o en menos formas, con la heterogeneidad de las geografías y condiciones económicas y sociales. Pero que los docentes siguieron trabajando y llegando a los alumnxs, no tengan dudas de ello.

Insisto, aprovechemos la coyuntura y hagamos que cada minuto de convivencia en la escuela a pesar del distanciamiento, del tapabocas, de la ausencia de abrazos y besos, sea único e irrepetible, como el primer amor. Prioricemos la palabra, la mirada, el oído, la escucha, el diálogo, por sobre los contenidos, salgamos del aula, vayamos al patio, a la biblioteca, al Sum, a la huerta, al espacio que tengamos en la escuela o fuera de ella. La plaza, el parque, la canchita, el club. Apostemos a los espacios de arte (música, poesía, canto, rap, teatro, dibujo, plástica), de trabajo con el cuerpo (educación física, yoga, baile, danza, meditación, artes marciales). Integrémoslos con las ciencias duras y las sociales. Historia con música de la época, matemática con educación física en el patio, derechos humanos con una obra de teatro por citar algunos ejemplos. Los docentes podrán integrarse y compartir sus espacios curriculares con otrxs colegas porque serán tiempos más escasos pero de más calidad, esto también influirá y afianzará las relaciones entre los directivos, secretarios, docentes, asistentes escolares, preceptores, familias. En definitiva, toda la comunidad educativa, reinventada para convivir con lo que nos impone esta pandemia o las que puedan venir en un futuro.

Es posible una convivencia donde nos importe más el otrx que tener el mejor promedio, que aprobar, desaprobar, zafar, más que la marca y modelo del celular o de las zapatillas, que la imagen, el cuerpo, la altura, el color de piel, el modo de hablar, el color de ojos o de cabello, si es hábil para el deporte o tiene cuerpo de modelo. Es tiempo de mirarnos y comprender que “yo soy porque nosotros somos” y que “ninguno de nosotros puede ser feliz si uno o los demás están tristes” (filosofía Ubuntu). Es tiempo de apostar a lo colectivo, a lo solidario, a lo cooperativo, colaborativo, por sobre lo individual, porque les recuerdo que ya solos y aislados estuvimos forzadamente mucho tiempo. Volvamos a clases, cuidándonos claro que sí, pero sobre todo amándonos, mirándonos, escuchándonos, para que pronto vuelvan los abrazos y los besos.

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