Que a uno le roben o le intenten robar no es ninguna novedad, todos pasamos por esto o conocemos a alguien que lo haya pasado. Que los cacos de gorrita salgan a robar a plena luz del día tampoco ya es novedad. Lo que sí lo es para mí es que “salgan de caño” en patota, a plena tarde, y que roben sin preocuparse por el sonar de las alarmas o la presencia de otras personas alrededor. Ya un amigo me había dicho días antes cómo, desde su negocio, veía pasar motitos con dos hombres recorriendo las calles del barrio buscando a quien robar. Y esto le sucedió a mi hija adolescente dos días después, en el barrio La República: la asaltaron ocho hombres en cuatro motos. ¿Se leyó bien? Digámoslo al revés: cuatro motos con dos hombres cada una: ocho delincuentes en total; a las siete de la tarde y en medio de varios negocios abiertos. Ahora pregunto: si mi amigo los ve, si mi hija los vio mucho antes de que la acorralasen, ¿cómo es que la policía no los ve? ¿Es tan dificil agarrarlos? En épocas en donde se habla de modificar el Código Penal y de bajar penas ocurren cosas como éstas, que parecen importadas de otros países. Bandas delictivas que transitan las calles en búsqueda de posibles víctimas, capos del narcotrófico acribillados a balazos, entre otros. Si durante estos últimos años aumentó la inclusión social, ¿por qué a la par aumentó también la inseguridad? Pregunta de controvertida respuesta. Y así estamos.




































