La noticia de que cuatro legisladores uruguayos viajaron a las Islas Malvinas ha provocado mucha reacción pero casi ninguna reflexión. Cuando alguien es pionero en algo siempre ocurre lo mismo. Unos lo tildan de valiente y otros le dicen traidor. Con relación a los isleños, nosotros estamos viviendo una especie de boicot no declarado pero si practicado y –en mi opinión– antes de optar por uno de esos apelativos debemos pensar un poco lo que esa actitud significa. Un boicot surte efecto durante un tiempo corto. Se presiona a una persona o a una empresa para lograr algo que uno cree justo pero cuando el mismo se prolonga demasiado, como ocurre en este caso, todo se reacomoda, surgen nuevas costumbres y lo único que se logra es que el originador quede fuera de ellas. Hoy los habitantes de Malvinas están modificando sus hábitos y han encontrado que reemplazando a Río Gallegos y Ushuaia por Montevideo y Punta Arenas pueden vivir tan felices como antes. Nos queda el consuelo de ver, desde nuestra nave varada en la costa, cómo el mundo sigue andando. ¿No será el momento de retomar los remos y tratar de recuperar todo el tiempo que hemos perdido?




































