Argentina no puede ni debiera considerarse como país emergente. Causa vergüenza ajena tener que abordar un tema de singular envergadura como es la desnutrición infantil. A esta altura, este generoso país es proclive al enriquecimiento ilícito, la corrupción, la injusticia social en franco aumento, el descaro de gobernantes, Justicia, dirigentes políticos, gremiales y, por qué no, religiosos. Una decena de levantamientos de las fuerzas militares azuzadas por descarados políticos que en definitiva con su proverbial incapacidad y aviesa intención contribuyeron al deterioro moral y físico de una buena parte de la población infantil que hoy atraviesa. Desde la primera magistratura, recientemente se ha hecho hincapié de lo que emerge en un país de Oriente, donde el fanatismo y la falta de sentimiento hacia los derechos de todo ser humano conlleva la necesidad de que muchos tengan que apelar al éxodo, riesgoso en todo sentido con resultados a la vista. Creo que hoy nuestro país necesita y merece que se contemplen las primordiales necesidades de los desposeídos. No quieren mirar hacia el norte y noroeste. Se habla de que por cuestiones culturales se apela al cirujeo, según las declaraciones de un funcionario de aquellos lares. Se pone en duda las aseveraciones públicas y por los medios respecto de la desnutrición infantil. Quiero recordar aquello que constituye la ley del mar: el capitán debe hundirse junto a la nave cuando sufre deterioros severos que la obligan a su hundimiento. Nuestros gobernantes hacen oídos sordos y son ciegos. Arguyen que son fantasías de trasnochados opositores que arrojan dardos envenenados a sus funcionales sátrapas, representantes del poder público nacional. Nuestra primera mandataria debiera junto a sus colaboradores constituir un asiento gubernamental de emergencia en los sitios cuestionados y palpar la realidad in situ. Si en realidad los funcionarios comprometidos no cumplen con sus deberes de funcionarios públicos, hay que pedir el inmediato juicio político, condenándolos de por vida a no ejercer ningún cargo público. Eso podría calificarse de estatura moral. Cortar por el nudo gordiano ya. No hacerlo es constituirse, de comprobarse tal felonía, en responsable por omisión. Otro alegato a los fiscales de la patria: pónganse de una vez los pantalones largos. Ya ni los niños los usan cortos. El carnaval sólo dura unos pocos días. A despojarse de la careta.



































