Los cataclismos naturales han afectado al planeta desde el principio de los tiempos. Glaciaciones, terremotos, erupciones, aludes, huracanes, tsunamis, inundaciones, tornados y nevadas, han provocado destrucción y muerte en muchos lugares del mundo. Los argentinos no nos hemos librado de esos azotes; basta recordar el terremoto ocurrido en Mendoza en 1861, en San Juan en 1944 y en Caucete en 1977. Hace unos años, el 15 de agosto de 2007 para ser preciso, fue el triste turno de Pisco (nombre que en quéchua significa pájaro); la ciudad peruana ubicada en la provincia del mismo nombre en el departamento de Ica, que sufrió un terremoto de gran intensidad. El 2010 comenzó trágicamente con el devastador terremoto de Haití, ocurrido el 12 de enero, y con el de Chile del 27 de febrero que además originó un tsunami. La solidaridad de Argentina y de otros países no se hizo esperar, como una manera de mitigar, al menos, los inconvenientes físicos provocados por los sismos. Después del inmenso impacto emocional, comienza la difícil restauración espiritual (imposible en algunos casos), y la compleja reconstrucción edilicia, vial y de los servicios. La acción de los gobiernos y el espíritu aguerrido de los pueblos hace que los países afectados vayan recuperando lentamente su fisonomía sustentada en una técnica constructiva más actualizada tendiente a minimizar las consecuencias de otro posible accidente geológico. La pesadilla irá quedando atrás, y en el deseo de todos se agiganta la esperanza de que jamás se repita. Felizmente Rosario, más allá de haberse desplazado 4,3 centímetros hacia el oeste, no es súbdito de su majestad... el terremoto... y se duerme plácidamente acunado por el rumor milenario de su río: el pariente del mar.
































