Muchos de quienes hemos jugado al fútbol en los inolvidables “potreros” del barrio, o al tenis en los courts de algunos entrañables clubes, recordamos que pagamos muy caro una irresponsable actitud. Esa de no salir inmediatamente después de haber sentido una molestia muscular, o de no esperar una semana más para asegurar la cura de una lesión. Como consecuencia del apresuramiento dictado por el enorme deseo de volver a jugar, dicha lesión se agravaba y entonces, teníamos que aguardar un mes para el total restablecimiento. Claro que no teníamos quien nos aconsejara y nuestro entusiasmo nos jugaba una mala pasada. Ahora bien; no obstante los medicamentos, “fierros” en el gimnasio y entrenamientos, en los jugadores de las instituciones profesionales siguen produciéndose contracturas, esguinces, entorsis, desgarros y otras delicias que afectan a músculos y articulaciones. Pero aunque los clubes cuentan con un cuerpo médico calificado, es común escuchar anuncios tales como: “vamos a esperarlo hasta último momento”, o “el viernes lo exigiremos a fondo”. Las urgencias competitivas y la pasión del jugador, que quiere fervientemente ser de la partida aunque íntimamente sepa que no se halla totalmente recuperado, determina que se apresure su reintegro a la titularidad del plantel. A veces la cuestión sale bien pero en otras oportunidades, no sólo se agrava su lesión, sino que su rendimiento disminuido provoca alguna contingencia negativa para su equipo. Creo que en el departamento médico, en el cuerpo técnico, en la dirigencia y en el propio jugador de un club, debe privar la serenidad, por sobre la ansiedad que surge de la imperiosa necesidad de un triunfo, por trascendente y/o definitorio que sea.

































