Existen en el reino animal varios ejemplos que demuestran la responsabilidad de los progenitores hacia su descendencia, donde ponen de manifiesto el instinto de cuidar a sus hijos, de los cuales muchos humanos podrían aprender. Algunos, mientras que la madre queda preñada se encargan de construir el nido y conseguir alimentos, otros, como los caballitos de mar es el macho que lleva en su vientre los huevos para su gestación. El pingüino emperador luego del respectivo ritual de apareamiento con la hembra, recibirá el huevo y lo llevará entre sus patas y su vientre por dos meses aguantando el crudo invierno, empollando el huevo, incluso, puede perder la mitad de su peso hasta que nazca la cría. Es inconcebible no sentir desde lo más profundo del ser un deseo de que los hijos propios (o los ajenos) vivan en un mundo mejor. No puedo entender que un padre meta de cabeza en un lavarropas a su hija; que se utilice a los hijos como mercancía para intercambiarlos por mejoras individuales o conseguir cosas materiales. Los padres que usan a sus hijos como escudos en sus disputas, para hacer daño psicológico a su ex conyugue. Los que tienen hijos para obtener subsidios y para que éstos los mantengan en su vejez. Desde el hedonismo de sacarse selfies en un acantilado sin pensar en los pequeños hijos que los acompañaban y cómo por irresponsabilidad, en un segundo los dejarán huérfanos. Cómo un grupo de madres de alumnos de la escuela se solidarizan con la maestra que fue separada del cargo acusada de suministrar un medicamento en una jarra de leche. Incluso, algunos famosos que lucran con tener hijos de cada pareja que cambian como el vestuario. No existe responsabilidad, ni planificación familiar, ni resguardo de la integridad y privacidad de los niños. Los mismos pasan a ser objetos de pertenencia con los traumas y conflictos que marcarán su vida como individuos y potencialmente en su convivencia en sociedad. Los medios de difusión globalizados continúan distribuyendo un idéntico
mensaje y encumbrando a ignorantes o amorales en un modelo poderoso. Donde desde el gobierno se protege su propio interés sin importarles los ejemplos de ausencia de valores éticos y justicia. En función de detentar el poder, exhiben cotidianos ejemplos de “viveza” y “acomodo” y cuyo objetivo es obtener y pronto mucho dinero y no demostrar sus flaquezas. ¿Qué ejemplo es nuestra sociedad que honra la ambición descontrolada, recompensa la codicia, tolera la corrupción, celebra el materialismo, cultiva la superficialidad, desprecia el intelecto y adora el poder adquisitivo? Es un gran desafío el que tenemos por delante e implica una gran responsabilidad educar a los niños y a los jóvenes para que sean seres humanos pensantes y creativos, con la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, desarrollarse intelectualmente, ver las bondades de la cultura y la supremacía de los valores éticos.
Servicio militar obligatorio
Estas líneas las recibí en mi computadora (Facebook): “Por una nueva ley de Servicio Militar Obligatorio a partir de 2015. Para terminar con la inseguridad.” Las comento porque en varias cartas de los lectores, escribí sobre el tema y tengo la obligación de aclarar conceptos, por respeto a los que leen La Capital. En las líneas que recibí, el concepto de Servicio Militar Obligatorio, parece repetir el viejo sistema que se cumplía con los jóvenes. “Para terminar con la inseguridad” creo que no está claro, en el viejo sistema los chicos aprendían disciplina y obediencia. Y la inseguridad nunca se arregló con el Servicio Militar Obligatorio. Sobre este tema, le escribí a nuestra presidente (31/05/13) que ante situaciones de violencia, robos, muertes, violación, todo menor de 35 años, procesado en comisarías y cárceles, cumpla la condena bajo un régimen militar (Servicio Militar Obligatorio). Los delincuentes, la mayoría drogadictos, entran y salen de la prisión, autorizados por ley, para trabajar. Es indudable que lo único que saben, es delinquir, salvo honrosas excepciones. Lo sugerido, de mandarlos a los cuarteles, es para salvar a esa juventud presa, para que aprendan un oficio, sacarlos de la droga, cuando salgan de la colimba, sean honorables ciudadanos. Nuestras Fuerzas Armas están preparadas para salvar a nuestra juventud, que anda a la buena de Dios, y piden alguna institución para poner en vereda a los que delinquen, algunos drogados que roban, matan, violan y de vez en cuando alguna bala los elimina, después de haber asesinado a muchos inocentes. Nuestra juventud que estudia y trabaja, debe ser alentada para que tengan las mejores aulas, confortables y con todos los elementos de última generación para su estudio, porque tener profesionales de primer nivel es la aspiración de una Nación bien constituida, y orgullo de sus familiares. Pero no olvidemos a los que quedan al margen, no los arreglamos teniendo más prisiones, hay que tener menos delincuentes. Sería bueno recordar a naciones como Suecia, que le están sobrando cárceles y cada vez tienen menos delincuentes. Leí en La Capital (13/11/13) de cuatro prisiones, dos cerraron y serán vendidas, y dos serán utilizadas como oficinas. No olvidemos que el tiempo pasa rápido y nuestros niños, hoy pequeños, serán nuestra esperanza a futuro.
Carlos A. Borisenko
DNI 4.340.294
Dos canciones para el niño
La fecha instituida para agasajar especialmente al niño, no está anclada firmemente al rojo casillero de un domingo de agosto, sino que oscila entre el segundo y el tercer domingo de ese mes. Por eso la celebración de este año cuyos ecos aún resuenan, se llevó a cabo el segundo domingo de agosto. Ya sé que todos los días deben ser los del niño, como también los de la madre, el padre, los abuelos o el amigo; pero la costumbre impuso unos días específicos para evocar o manifestar el cariño que se siente por tan entrañables personajes de la vida familiar, y casi todos adherimos a dicha costumbre. Festejar “el día del niño” es como celebrar el día de la inocencia y la dulzura; claro que esto va siendo cierto sólo para los más chiquitos, pero esa es otra cuestión. “A esta hora exactamente, hay un niño en la calle”. Armando Tejada Gómez escribió estas palabras, que con las armoniosas notas que le puso la inspiración musical de Angel Ritro, se hicieron canción. Se debiera hacer lo posible para que haya menos, muy pocos, ¡ningún niño en la calle! Así, cuando no anden los chicos “golpeándonos el pecho con un ala cansada”, como decía Tejada Gómez; los versos inspirados del poeta mendocino desaparecido dejarán, alborozados, paso a otra canción. Más alegre, más optimista; construida con los dulces acordes de una infancia feliz, y las estrofas escritas por una sociedad mejor. Desde las emotivas palabras del recordado Tejada Gómez, debiera encenderse la luz que ilumine un mundo superior, sin niños en la calle. En tanto, si le es posible, a ese pibe, a esa nena que pasa por su casa procurando una pequeña ayuda, dele junto con la limosna un poco de ternura. Por su parte, otro poeta desaparecido, Oscar Valles, en su “Canción para un castigo” escribió: “no quiero castigarte niño mío, no quiero y a veces lo precisas”. Estas palabras tienen que ver con los famosos límites que según los especialistas, son imprescindibles y que los propios chicos reclaman. Los padres tienen que velar cuidadosamente por sus hijos pequeños; y esa vieja figura del arbolito que crece firme y derecho cuando tiene un tutor, es cada día más válida en este tiempo lleno de acechanzas. El niño requiere la atención; el cariño; la orientación de la familia, que tiene que predicar con el ejemplo en todo. Los chicos, además, deben ser protegidos de esos conflictos hogareños que casi siempre son inevitables. Así se ayudará significativamente a construir el mejor porvenir del niño; de esa mujer ejemplar, de ese hombre íntegro que se quiere que sea mañana. Y si a veces hay que castigarlo un poquito, conviene hacerlo aunque duela; aunque como decía Oscar Valles: “si lo hago, yo mismo me castigo borrando la luz de tu sonrisa”.
Edgardo Urraco
A nuestra amiga Marcela
Un día, hace tiempo, luego de dar clases durante toda la mañana, salí a caminar. Tomé calle San Martín hasta Cochabamba, caminé hacia el oeste y casi sin darme cuenta estaba parado frente a la puerta de la casa de una amiga, docente de alma. Toqué timbre y esperé unos minutos. Ella salió, bajó el umbral, arrimó la puerta, me tomó la mano y me dijo: “esta vez, el recorrido lo elijo yo”. “Sí, claro”, contesté y comenzamos a caminar. Fue genial. Ella reía y hablaba. Yo sólo la disfrutaba, la miraba, la oía y no necesitaba agregar nada. Sus palabras eran mágicas, distintas, frescas, naturales; sus historias incontables, como mamá, como docente, como amiga. Repentinamente, se quedó callada. Le pregunté si estaba bien, si le pasaba algo y le recordé que podia confiar en mí. Amigo, lo que voy a decirte es muy difícil. Debo emprender un viaje sola, tengo miedo y me pregunto una y mil veces qué hago con lo que dejo, con lo que tengo. Sólo le respondí que si estaba segura de su decisión. Los que la amábamos, sabríamos entenderla y respetarla. “Sí, creo que debe ser así y voy a hacerlo”, afirmo. Retomamos la marcha. Se sentía muy cansada pero pidió acompañarme hasta la puerta del colegio; por supuesto para mí, era un honor. Llegamos y con la voz quebrada dijo: “dale saludos a todos”. Le pregunté si iba a entrar. “No, ya tengo que irme”. Insistí para que se quede un ratito más. “No, ya no puedo, debo irme. Ya estoy segura”. Y sus últimas palabras fueron: “hasta siempre”. Me soltó la mano y se fue. Solamente me quedó por preguntarle: “Marce, ¿por qué te fuiste tan temprano? A dos años de tu incomprensible partida, aquí estamos haciéndonos la misma pregunta, pero recordándote con esa hermosa sonrisa y con la esperanza de que nos volveremos a ver.
Tus compañeros y amigos del colegio Nuestra Señora de la Asunción
El momento de perder el miedo
¿Nos vamos a quedar otra vez con los brazos cruzados esperando que nos roben a mano armada, con un revolver o un cuchillo? Yo al menos me cansé de vivir con miedo, en 10 años que vivo en el barrio sufrí cinco asaltos. Cada vez más autos “durmiendo” en las veredas. Después de que oscurece las calles quedan vacías, los niños no pueden disfrutar del parque Yrigoyen porque un grupo de drogadictos se adueñó del lugar, cosa que vengo denunciando desde hace tres años. y la seccional 16ª lo único que hace es protegerlos, porque los móviles policiales se instalan en el parque no para darnos seguridad a nosotros sino para protegerlosa e ellos. Yo al menos estoy cansado de escuchar todas las noches la misma escena, 3 o 4 disparos, una moto que se aleja (el dato lo pasan los drogadictos que coparon el parque) y los gritos de auxilio de las víctimas. A los viejos vecinos que firmaron notas pidiendo una garita, a los nuevos, hay que reclamar, el miedo lo tienen que tener ellos, no nosotros. Se pueden pedir cámaras de vigilancia, una cadena solidaria de vecinos. No es justo sentir miedo al entrar o salir de nuestras casas, no saber si cualquier miembro de nuestras familias podemos ser víctimas de estos delincuentes. Las calles y veredas son nuestras, no de ellos. Hagamos valer nuestros derechos. A movilizarse. La Vecinal no existe porque como el gobierno municipal (a quien responden), dice que la inseguridad es una “sensación” no hacen nada. ¿Qué vamos a esperar, que nuestros muertos y heridos salgan a reclamar por nosotros?
DNI 13.308.626