El día 26 de abril, mi hijo compró en cuotas su primer televisor. Lo hizo en un reconocido supermercado de capitales franceses, con la alegría y el orgullo propios de cualquier joven que con su sueldo comienza a darse pequeños gustos y a "vestir" su casa. Un mes duró la alegría. El 2 de junio, el mencionado artefacto, de una marca de dos letras cuyo significado imagino pero por pudor no me atrevo a reproducir, pereció. A partir de entonces, se suscitaron una serie de paradojas dignas del mejor relato de Dolina o Fontanarrosa: service inservible, operadores inoperantes, repuestos que no se reponen. Además de promesas incumplidas y estériles disculpas. La alegría desapareció, el orgullo sigue en pie, y la bronca crece y crece. Conclusión: cuando compres un electrodoméstico, dirígete a un comercio específico. Al súper, cuando te quedes sin leche.




































