La oclocracia es un vocablo griego que según la visión aristotélica se refiere a la degeneración de los distintos gobiernos, hábito en manchar deshonestamente a la democracia. Polibio, 200 años después de Aristóteles, llamó oclocracia al fruto de las acciones demagógicas, definiéndola como "la tiranía de las mayorías incultas y uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar políticas, decisiones o regulaciones desafortunadas". Cuando la democracia, se mancha de ilegalidades y violencias con el pasar del tiempo se constituye en oclocracia. Según su teoría anacyclose --movimientos cíclicos de la sucesión de los sistemas políticos- esta costumbre política la Argentina la adquirió desde 1930 con la caída de Hipólito Irigoyen. Esta hipótesis atañe a Maquiavelo, quien dice que la oclocracia es el peor de todos los sistemas políticos, el último estado de la degeneración del poder. El filósofo francés Jean Jacques Rousseau también define la oclocracia como la degeneración de la democracia cuyo origen es la desnaturalización de la voluntad general, que deja de ser general tan pronto como comienza a presentar vicios en sí misma, encarnando los intereses de algunos y no del pueblo, pudiendo tratarse ésta, en última instancia, de una "voluntad de todos" o "voluntad de la mayoría"; pero no una voluntad general. La oclocracia es el engendro del "modelo económico", originado por la prole de los gobiernos asistenciales. Predica la fe pero detesta el saber. Alucina a los predestinados y conductores del país hacia la órbita de un primer mundo. La oclocracia vocifera que sin ella, el país se quedará sin rumbo y se adjudica la autoría del crecimiento macroeconómico. En fin, el mundo está así. A pesar de las antiguas advertencias, la oclocracia ha triunfado en buena parte del planeta, salvo en algunos países regidos por mentes preparadas y cultas que han impedido que esta endemia triunfe con descaro.






























