La Argentina cuenta con una gran mayoría de médicos, que mantienen un altísimo nivel en la calidad de atención que brindan en todas las disciplinas. Las dos que más conozco, obstetricia y gastroenterología, son una auténtica muestra de ello. Verdaderos hombres de ciencia de quienes todos los argentinos debemos sentirnos orgullosos. Además, ¿alguien ignora la maravilla que logran los cardiólogos, cirujanos, neurocirujanos, anestesistas, psiquiatras, neumonólogos, pediatras, traumatólogos, endocrinólogos y clínicos, entre tantas especialidades? Tomando sólo un ejemplo posamos la mirada en el pasado que nos transporta de cara a Favaloro, y otra mirada al presente nos muestra a sus seguidores, superadores en el tiempo del gran maestro. Vidas que se hubieran perdido si no fuera por el avance de un desempeño profesional que debe hacernos sentir protegidos. Con esa y con todas las especialidades médicas. Contamos con una historia apasionante de personajes, imposible de enumerar en este breve espacio, que forjaron los cimientos para llegar hoy a un nivel que no tiene nada que envidiarles a los países más avanzados del orbe. Y cada vez más nos sorprendemos con nuevos adelantos, nuevos logros para solucionar el difícil y tortuoso camino que a veces nos presenta la salud amenazada. Porque nuestros médicos no paran. Estudian, se perfeccionan, crecen constantemente. Compiten en congresos internacionales, aportando sabiduría a la par. Esto es así, aquí y ahora. Por eso debemos confiar en ellos. Y también en los médicos futuros cuya formación académica los lleva a comprender que las personas que los consultarán son la sumatoria de factores psíquicos, físicos y sociales; un todo armonioso al que atenderán en su conjunto. Los tenemos aquí. Son excelentes. Por lo que considero que, por ser directos beneficiarios y por respeto a tanto esfuerzo, nadie debería irse del país en búsqueda de una excelsitud que es tan nuestra, tan argentina.




































