El pasado domingo 7 de marzo, en el suplemento Mujer, se publicó un informe especial sobre el Día Internacional de la Mujer. El texto central fue titulado "Manos a la obra" y cuenta la experiencia de mujeres que tomaron la decisión de comenzar a realizar el sueño de su emprendimiento propio. Adhiero y me entusiasmo al ver este tipo de notas que cuentan historias de la vida real que son ejemplos a imitar y que seguramente influyen sobre muchas mujeres que todavía no se animaron a dar el gran paso. Me gustaría sumar a ese trabajo la experiencia que vivimos los que intervenimos en el sector de los microemprendedores. A partir de la experiencia desarrollada por el premio Nobel de la Paz Mohamed Yunus tomó fuerza la idea de que los pobres más pobres podían cambiar su destino y lograr mejoras significativas en su calidad de vida potenciando sus emprendimientos con un microcrédito acompañado de capacitación, trabajo en equipo o formando grupos solidarios, y una metodología adecuada. Es impresionante ver que mujeres inmersas en la pobreza más enfermante, viviendo en casas precarias y con los chicos en pata, son emprendedoras y si reciben un pequeño empujón (microcrédito de aproximadamente 500 pesos) comienzan un camino que no tiene retorno, un camino hacia la dignidad, reconociéndose capaces y concretando sueños que tal vez ya no tenían. Ejemplos en Argentina y en otros países de Latinoamérica hay miles, con diferentes formas de organización y metodologías, pero con un común denominador: "Si se apoya a una emprendedora en funcionamiento con un microcrédito, el emprendimiento crece y en la casi totalidad de los casos, devuelve el dinero". Podríamos ahondar en más detalles técnicos, dar ejemplos concretos con nombres y apellidos, repasar la historia y decir que no se piden garantías. Pero el sólo hecho de saber que existe la posibilidad y ayuda a salir de la pobreza, merece que la tengamos en cuenta. Esto es maravilloso y hay que celebrarlo.
































