La cultura relativista en que vivimos ha vaciado a las palabras y frases de sentido, permitiendo que cada uno le otorgue el significado que se le antoje. Por ejemplo, amor puede ser el sentimiento más sublime, un mero acto de posesión o incluso una conducta perversa. Libertad es para unos la facultad que tiene el hombre de obrar de una manera u otra para elegir el bien y para otros, realizar lo que les plazca sin rendir cuentas a nadie. Le ha tocado el turno a la palabra muerte, que a partir del fallo de la Corte Suprema debe ser digna, eufemismo para encubrir “eutanasia activa”. La muerte es digna por naturaleza, es el fin de esta vida que recibimos gratuitamente. Inevitable misterio que todos debemos afrontar. Para quien tiene fe, umbral a la vida eterna; para los demás simple final pero no por ello menos solemne y crucial. Sí hay muertes indignas en nuestro país. Muertes evitables, vidas no vividas, muertes violentas. De estas muertes los poderes del Estado se desentienden o participan como cómplices necesarios, activos o pasivos. El asesinato en el seno materno de la persona más indefensa. Jóvenes que mueren en nuestras calles y rutas. Muertos en paradas de colectivos y en taxis. Muertos entrando o saliendo de su hogar. Baleados, drogados, linchados. Y como si esto fuera poco, enfermos terminales o ancianos a los que se les va a negar alimento o agua. Incomprensible contraste, culto a la juventud, no hablamos de la muerte, no pensamos en la propia muerte pero vivimos rodeados e insensibles frente a muertes evitables. Algún día se nos pedirán cuentas de los días que vivimos, otros hombres nos mirarán con espanto y nos interpelarán. ¿Qué hicieron para custodiar la vida? ¿No se rebelaron frente a la injusticia? ¿Qué hizo tu generación? ¿Dónde está tu hermano?




































