Soy la mamá de Fernando, un adolescente de 14 años, alumno de la Escuela Media Especial Nº 513. Quienes tienen hijos con capacidades diferentes sabrán del espíritu de lucha y la perseverancia que adquirimos los papás desde el día en que nuestros hijos nacen. No sin dejar de sentirnos culpables, comenzamos a transitar el camino de lo incierto. Pasamos por tantos estados de ánimo, llevamos tan al límite las emociones que nosotros mismos nos sorprendemos. Cada avance es una alegría inmensa, con cada abrazo quisiéramos que el tiempo se detenga para poder protegerlos toda la vida... y así nos convertimos en férreos defensores de sus derechos, en fieles intermediarios de sus deseos, somos los que más luchamos porque por ellos damos todo. Cuántas veces, en el silencio de la noche, lloramos amargamente porque no nos entienden, nos discriminan, nos dicen que no hay, que no tienen, que no se puede, que no están preparados y el tránsito por la escuela se transforma en un calvario, en un cansancio diario, en golpear puertas que no se abren y de a poco nos vamos dando cuenta que la inclusión para nuestros hijos en el mundo real no existe. En la Escuela 513 Fernando encontró su lugar. Puede ser él, sin sentir que es diferente, sus dificultades en el aprendizaje ya no lo angustian porque sus profesores lo acompañan y les brindan lo que él necesita respetando sus tiempos. Este trayecto (que no es paralelo) es indispensable para su inserción en el secundario común o en un Eempa, según la edad. Hoy, con mucha tristeza, me pregunto ¿por qué? ¿Por qué se empeñan en desmantelar una "experiencia educativa" que tanto le brinda a la educación especial y pública? ¿Cuándo van a entender que en cuanto a discapacidad no hay sólo blanco o negro? Debemos tener la grandeza de reconocer que los grises también existen.
































