Tenía el pelo corto, se había afeitado una ceja y sacado un arito cuando se
plantó ante los testigos del crimen de Miguel Angel Pompa. Pero esos cambios en la fisonomía del
acusado casi quedan opacados ante un detalle impactante y sugestivo: su compañero de celda, que
participaba de la rueda como simple voluntario, vestía una camiseta alternativa de Rosario Central
idéntica a la que había usado el homicida del almacenero.
Lo que pasó en el reconocimiento terminó de complicar a
Gerardo Armando Grygorenko Mazur, el joven de 19 años detenido por el caso. Cuando le advirtieron
que vestía como el autor del disparo, el preso que lo acompañaba al parecer sintió traicionada su
confianza. Dijo que a la remera se la había regalado el acusado y reveló que, en el penal, Mazur
había confesado el crimen: "Me dijo que Pompa sacó un cuchillo, le empezó a tirar puñaladas y él en
su desesperación se dio vuelta y le tiró", contó. El acusado, de 19 años, fue procesado por un
delito que se pena con prisión perpetua.
Esa medida acaba de quedar firme, luego de inusuales
vaivenes en el trámite penal ocasionados por el mismo imputado. Primero apeló la medida para que
sea revisada por un tribunal superior. Después se arrepintió y pidió ser sometido a un juicio oral
y público. Pero volvió a dar marcha atrás y la Sala IV de la Cámara Penal dejó firme el
procesamiento. El expediente irá ahora a un juzgado de Sentencia de los tribunales rosarinos. Se
definirá allí si resulta condenado o absuelto.
Mazur fue procesado en febrero por la jueza Raquel Cosgaya
como autor del disparo que hirió de muerte a Pompa. Fue acusado de homicidio criminis causa, es
decir de matar por no haber logrado consumar otro delito. En este caso sería el robo: se presume
que a Pompa lo balearon al resistir un asalto a su negocio. La jueza no trabó embargo sobre el
muchacho por su evidente situación de pobreza. Es cartonero y no terminó la escuela primaria.
En el mostrador. Miguel Angel Pompa tenía 52 años y se había ganado la estima de
sus vecinos del barrio Luis Agote al frente de su pequeño almacén de Catamarca 3624. Cerca de las
21.30 del 9 de diciembre pasado estaba solo, detrás del mostrador, cuando irrumpió un muchacho. Al
parecer forcejearon y Pompa recibió un disparo en el pecho.
El agresor se fue y el almacenero caminó hasta la puerta.
Le pidió a una vecina que llamara a una ambulancia y sólo resistió unos minutos. Otro comerciante
de la cuadra socorrió a su madre, que no puede ver, y casi tropieza con el cuerpo de su hijo al
salir del baño del local, asustada por el disparo fatal.
Los vecinos contaron que el agresor corrió hacia calle San
Nicolás, donde lo esperaba otro chico en una vieja moto amarillenta de 110 cc. Sortearon el
embotellamiento de autos ante las barreras bajas del cruce Alberdi y apenas terminó de pasar el
tren cruzaron la vía a toda velocidad.
Un repartidor de pizzas los persiguió en su moto pero los
perdió de vista en Don Orione y avenida de la Travesía. El acompañante, dijo, vestía una camiseta
alternativa de Rosario Central. Otros testigos describieron la misma remera. Un dato que, por un
giro inesperado, más adelante se volvería decisivo.
La autopsia arrojó que Pompa fue baleado a muy corta
distancia —a menos de 50 centímetros— por un agresor que estaba de pie frente a él. El
plomo deformado calibre 22 quedó alojado en su cuerpo.
El traspié. Un llamado anónimo y "tareas de inteligencia" policiales llevaron a
la detención de Mazur, a quien buscaban por su sobrenombre de Jeringa. Lo apresaron tres días
después del crimen, en barrio Ludueña. El muchacho se desligó del hecho y dijo que nunca había
estado preso, que trabajaba con su padre recogiendo escombros cerca de la cancha de Central.
La acusación era endeble hasta el reconocimiento. Nadie lo
señaló —los testigos no habían visto de frente al homicida— pero lo complicó su modo de
prepararse para la medida: se afeitó la ceja izquierda, se quitó un piercing y se cortó el pelo. Le
dio el arito a otro preso que iba a participar de la rueda. También le regaló un par de zapatillas
y una remera de Central azul y blanca. Esos cambios no pasaron desapercibidos en el juzgado. Menos
aún, que un voluntario vistiera como el homicida de Pompa. Como ese rasgo podía inducir a los
testigos, dispusieron se cambiara de ropa.
Códigos. Pocos días después de la rueda de personas, el compañero de celda de
Mazur decidió hablar: "Cambié de vida y tengo códigos que me mueven a decir lo que sé de la muerte
de Pompa". Dijo que tenía "una deuda de gratitud con Pompa", a quien conocía "porque se portaba muy
bien con los chicos de la calle, les daba gaseosas y comida. Nunca los discriminaba y aconsejaba
como un padre".
Sostuvo que Mazur, apenas entró al calabozo de la seccional
7ª, le comentó que había matado al comerciante "en defensa propia": "Dijo que Pompa sacó un
cuchillo y él se dio vuelta y le tiró". El imputado, dijo, le confió haber usado un revólver
calibre 22 corto pero con balas limadas 22 largo y que cuando se fueron los siguió un cadete en
moto. "A la remera la trajo la madre de Mazur. El me la regaló pero se la devolví. La tiene en el
penal. Me dijo que es la que usó en el hecho", añadió.
Ese relato desató una batería de medidas. Se secuestró la
remera en el penal de la 7ª y se halló una moto Zanella color champán que podría ser la usada en el
hecho (ver aparte). Para la jueza Cosgaya el efecto probatorio de ese testimonio es "abrumador"
porque introdujo datos que sólo podía conocer alguien ligado al hecho:
♦ Que el disparo fue a corta distancia.
♦ Que pudo existir un forcejeo. La víctima, según sus
familiares, solía resistir los asaltos. Había cuchillos en el sector de fiambrería, donde fue
atacado.
♦ La pericia balística, finalizada tras la
declaración del preso, determinó que la bala "puede ser un calibre 22 largo con pérdida de
material, que lo haría de peso compatible con un 22 corto".
El comportamiento del acusado en la rueda judicial, por
último, llevó a la jueza a presumir que temía "seriamente" ser reconocido. El juicio, a punto de
iniciarse, dirá el resto. l