El 21 de enero de 1967 en la laguna de Aldridges, entre el fiordo de Ha Ha y la ensenada de Short Reach, al noreste de Burgeo, en Terranova, un grupo de pescadores avistó un rorcual (ballena) de más de 20 metros de longitud y de unas ochenta toneladas de peso. Era poco menos que imposible que el cetáceo pudiera pasar por el estrecho del norte o el del sur que da salida o entrada a Ha Ha o a Short Reach, respectivamente. Y sin embargo, allí estaba, varada en esa extensa albufera de agua salada sita en el centro de un istmo rocoso. Persiguiendo el arenque, probablemente el cetáceo arremetió por el estrecho del sur y se introdujo en la laguna donde quedó atrapado. Era la época de las mareas vivas, las más altas del año, pero al otro día el máximo que alcanzaban las aguas ahora marcaba 30 centímetros menos que el día anterior. La marea viva no volvería a subir hasta un mes más tarde. Cuando los pescadores comentaron a los trabajadores de la factoría de Burgeo del hallazgo, cinco de ellos fueron a sus casas para volver armados con carabinas deportivas y fusiles militares, y se encaminaron decididamente en sus botes hacia Aldridges. Tras escuchar un rugido sordo como el mugido de una vaca dentro de un barril metálico vieron emerger una cola del tamaño de una de avión. Transformada la laguna en un campo de tiro, los hombres se entretuvieron disparando hacia el indefenso animal. A la mañana siguiente entre 20 y 25 tiradores rodeaban la laguna. Las balas militares estaban forradas de cobre por lo que penetraban mas profundamente que las de caza, de punta blanda de plomo y que se fragmentaban al chocar con la piel y el manto de grasa de la ballena. La "hazaña y deporte" de los tiradores continuó por varios días. Cuando el animal asomaba la descomunal cabeza, era tan grande como una casa de pequeñas dimensiones y su aleta dorsal media no menos de 1,20 metro de altura en tanto que las aletas ventrales tenían el tamaño de un bote a remos. También mediante veloces lanchas los humanos molestaban y arrinconaban a esta ballena. No tardó mucho en difundirse la noticia de lo acontecido en Canadá gracias a la prensa, e incluso el primer ministro ofreció ayuda para dar de comer al cetáceo. Poco después, quienes trataban de ayudar al animal montando incluso vigilancia, no tardaron en notar una serie de protuberancias que habían aparecido en el lomo de la ballena. No todos los habitantes de Burgeo eran basuras humanas. Días después, la ballena quedó varada por propia voluntad en la orilla y al acudir quienes querían ayudarla, reconocieron el inconfundible hedor de la gangrena. Simplemente, porque se le hacía dificultoso, el animal ya no podía flotar adecuadamente. Al cabo había en la piel depósitos de pus e infección que iban estallando uno tras otro, producto de centenares de balas incrustadas en la piel del gigante. Hasta que finalmente, un día notaron que la laguna estaba vacía, pero no porque el animal escapara de la trampa: simplemente, había muerto. La razón o motivo para que no pocos ciudadanos violentos de un país con mucha gente violenta no hayan atentado en Puerto Madero como sus pares de Burgeo en el pasado sigue siendo un misterio. Sobre el hombre, ese ser que se ha vuelto un extraño a su propio planeta, al que está destruyendo quizás a pasos más acelerados de lo que cree, pesa una maldición.




































