Un cuento de ciencia ficción refiere que un gran sabio había logrado eliminar los ruidos. Si eso pudiera lograrse en el mundo real, la calidad de vida de los sufridos terrícolas alcanzaría niveles muy superiores; sólo se oiría el trinar de los pájaros, el rumor de los arroyos, el silbido del viento en las arboledas y el sonido de la lluvia. Se me ocurre esta reflexión sobre una imposible condición que la física y la mecánica no podrán resolver, pensando que este tiempo de la humanidad bien podría ser llamado la era de su majestad el ruido, que se enseñorea en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Producen ruido las máquinas, los automóviles, las herramientas, los vendedores ambulantes de todo tipo, los explosivos usados en distintas celebraciones, los bocinazos, las motos; las alarmas de autos y casas, muchas veces disparadas no por una acción delictual, sino por defectos electrónicos. Y así podría ocupar toda esta página enumerando las innumerables variantes del simpático ruido. Cuando la música supera ciertos niveles de volumen convierte el sonido en ruido; no importa que se trate de un rock de Los Beatles o de la Danza Húngara Nº 5 de Brahms. Algunas personas tuvieron que cambiar de domicilio por no lograr que un vecino moderara los decibeles de su música, y hasta hubo conflictos por este motivo que terminaron en la crónica policial. Según los especialistas, el ruido de una determinada intensidad y duración ocasiona en las personas reacciones de tipo psicológicas, fisicopatológicas y lesivas. Es por eso que en talleres y fábricas, el tema del ruido merece una especial consideración. Las sirenas de patrulleros, ambulancias y bomberos, producen ruidos que, como tantos otros, son imprescindibles. Creo que en todos los casos que sea posible, convendría moderarlos en potencia y extensión, y buscar el momento más oportuno para su ejecución. Sería una manera de reducir los efectos perniciosos de esta "era del ruido".




































