En relación con los reiterados cortes de luz que afectan a Rosario en estos días y desatan la bronca y todo tipo de críticas sobre la EPE, quisiera aportar algunas reflexiones en su defensa. En primer lugar, parte fundamental de la responsabilidad está en las autoridades municipales que no evaluaron adecuadamente el impacto de las nuevas construcciones que sumaron cientos de edificios a nuestra ciudad que ha tenido que soportar con la misma estructura una demanda multiplicada de gas, agua y luz. Imposible responder adecuadamente a tal demanda que el jueves 22 registró un nuevo récord en relación con la energía eléctrica: 1.902 megavatios. Otra parte está en los mismos rosarinos, que nos quejamos, hacemos oír nuestras indignadas voces; más aún, en una encuesta realizada por este diario el 73,3% de los encuestados respondió que la tarea realizada por la EPE es mala. Y también, días pasados, con el título “Predica con el ejemplo”, se hacía alusión a un gremialista que convocaba a la solidaridad con un gesto –dormir solamente con el ventilador– que tal vez no sería necesario si todos mantuviéramos nuestros aires acondicionados en 24º. Los ciudadanos deberíamos ser conscientes de que gran parte de la responsabilidad de lo que sucede en estos días está en cada uno de nosotros, en las decisiones que asumimos al dejar el aire encendido en 18º las veinticuatro horas del día, quejándonos después de que la EPE no funciona como debería. El Concejo acaba de aprobar fuertes aumentos en las multas de tránsito, apuntando a “construir mejores condiciones de seguridad en las calles”. La raíz de este problema, al igual que en el caso de la luz, más allá de la responsabilidad indelegable que le cabe a autoridades y organismos oficiales, está en la gente que omite hacerse cargo de sus propias actitudes: la culpa siempre está en el otro, el vecino, el intendente, la EPE. Para terminar, estoy convencida que la gran ausente en estas problemáticas complejas ligadas con la buena vida es la educación. Deberíamos volver a la época en que nuestras señoritas de la escuela primaria nos enseñaban el valor inconmensurable de los pequeños gestos: no tirar papeles en la calle, respetar el semáforo, descender por atrás, apagar la luz al retirarnos, no desperdiciar el agua.


































