En su carta "Sobre la figura del edecán" el señor Maximiliano Bagilet comienza manifestando que mi conocida y reconocida posición antimilitarista demuestra "un alto grado de resentimiento, ignorancia del tema y desprecio total a otros tipos de formaciones". Vamos en orden y por partes. Me considero, y así lo he manifestado públicamente en varias oportunidades, un privilegiado: gozo del reconocimiento público tanto por mi actuación profesional como de la gente en general. La lista de premios y reconocimientos es demasiado extensa. Me limito a citar "Gloria de la Cultura Nacional" y la de "Ciudadano Ilustre" de tres ciudades argentinas. Músicos de la talla del argentino J.J. Castro, el catalán P. Casals, el estadounidense R. Shaw, el alemán C. Richter, entre otros, no sólo me han permitido trabajar con ellos en igualdad de condiciones, sino que también han manifestado por escrito benevolentemente su satisfacción por la labor realizada en conjunto. Siempre que sometí el resultado de mi actividad profesional a la decisión de jurados nacionales o internacionales obtuve sin excepción primeros premios. ¿De qué resentimiento me habla? En cuanto al conocimiento del tema, comunico a Don Maximiliano que sé leer, y la verdad que he leído harto sobre el tema en cuestión. Además conozco mucha gente que hizo la tan celebrada y añorada "conscripción obligatoria", con lo cual tengo suficiente. Lo sucedido con Malvinas no es más que un compendio de estúpidas manifestaciones de su tan ponderado militarismo, que no hizo más que poner en evidencia las graves falencias de la tan cacareada disciplina militar, y sobre todas las cosas, la total insensibilidad tanto por parte de la profesión militar como de los compañeros de ruta como usted y tantos otros. El trato sufrido por los soldados en dicha guerra fue vergonzoso. Para el general que en su seguro búnker firmó la rendición final con un vaso de whisky en la mano, fue el final de la guerra. Para el soldadito en la trinchera y con el agua hasta las verijas, fue el final de una tortura… y el comienzo de otra que no tiene fin. Por otra parte, es cierto mi total y fundamentado desprecio por el robótico lavado de cerebro de su tan ponderada disciplina militar. Naturalmente, en dicha carta, y como es ya tradicional en esta sección, no se toca el tema central de mi argumentación: ¿para qué sirve el edecán?
































