Lo que ocurre en nuestro país por estas horas respecto de los índices de violencia social es gravísimo. Claramente se nota y declaraciones periodísticas lo atestiguan: se está volviendo a las prácticas políticas que imperaban en la Nación en el año 1975. Excepto que ahora las fuerzas de seguridad, que deben velar por los ciudadanos, están totalmente desmanteladas y corrompidas con diversos ingredientes, especialmente los ligados al narcotráfico. Y responden, aunque mucho no les agrade, al poder central que las usa de acuerdo a su conveniencia y pensamiento de poder absoluto y vitalicio. Lo que acontece parece configurar una especie de plan siniestro, que fatalmente recae sobre un pueblo inmerso en la ingenuidad, la confusión y una cultura cada vez más escasa. Sicarios a sueldo siembran muertos por todos lados, que parecen responder a un proyecto hilvanado por seres perversos, que han eliminado cualquier tipo de control, con instituciones totalmente degradadas que responden a una democracia ficticia e imbuida de un complejo libertinaje. Cuidado con esto, porque existe un arcaico dicho que atestigua que “a las armas las maneja el diablo”. No vaya a ser cosa que este último esté manejando el destino de todos los argentinos.




































